PArodia OTAKU
Esta video se llama OTAKU, está muy bueno se van a matar de la risa!! Veanlo!!
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Como estaba aburrida y no sabía que hacer les dejo para que vean una parodia de Naruto que saque del Youtube!! Está muy buena!!!
Todo el mundo estaba feliz cuando el Explorador del Amanecer zarpó de la Isla Dragón. Apenas habían salido de la bahía los cogió un viento favorable, y muy temprano a la mañana siguiente llegaron a la tierra desconocida que algunos de ellos habían visto al volar sobre las montañas, cuando Eustaquio aún era un dragón. Se trataba de una isla plana y verde, y que estaba habitada sólo por conejos y algunas cabras. Pero al ver las ruinas de casuchas de piedra, y lugares ennegrecidos donde se habían prendido fogatas, dedujeron que había estado poblada no mucho tiempo atrás. También había algunos huesos y armas rotas.
-Obra de piratas -dijo Caspian.
-O tal vez del dragón -dijo Edmundo.
Lo único que encontraron aparte de esto fue un pequeño bote o barquilla de cuero en la arena. Estaba hecho de piel estirada sobre una armazón de mimbre. Era un bote diminuto, de escasamente un metro de largo, y el remo que aún estaba tirado dentro era de tamaño proporcional. Pensaron en que o bien había sido hecho para un niño, o los habitantes de ese lugar habían sido enanos. Rípichip decidió que se quedaría con él, porque era perfecto para su medida, así es que lo subieron al barco. A esta isla le dieron el nombre de Isla Quemada, y zarparon de allí antes de mediodía.
Durante cinco días navegaron con viento sur sureste, sin ver tierra, ni peces, ni gaviotas. Luego un día hubo una lluvia que duró hasta la tarde. Eustaquio perdió dos juegos de ajedrez con Rípichip y nuevamente empezó a portarse como el antiguo y desagradable Eustaquio; y Edmundo decía que ojalá se hubieran ido a Estados Unidos con Susana. En eso Lucía miró hacia afuera por la ventana de popa y dijo:
-¡Oigan! Creo que está parando. ¿Y qué es eso?
Al oírla todos subieron corriendo a popa y se encontraron con que la lluvia había cesado y que Drinian, que estaba de vigía, miraba fijamente una cosa que había atrás. Más bien miraba muchas cosas. Se parecían un poco a pequeñas rocas redondas y lisas, toda una hilera de ellas, separadas por trechos de más o menos diez metros.
-No pueden ser rocas -decía Drinian-, porque hace cinco minutos no estaban ahí.
-Y una acaba de desaparecer -dijo Lucía.
-Sí, y ahora está saliendo otra -agregó Edmundo.
-Y más cerca -dijo Eustaquio.
-¡Maldición! -exclamó Caspian-. La cosa se está moviendo entera hacia acá.
-Y se mueve muchísimo más rápido de lo que nosotros podemos navegar, señor -dijo Drinian-. Nos alcanzará en un minuto.
Todos contuvieron la respiración, porque no es nada de agradable verse perseguido por algo desconocido, sea en tierra o en el mar. Pero lo que resultó ser era mucho peor de lo que podría haberse imaginado cualquiera. De pronto, sólo a la distancia de un tiro de cricket, por babor emergió del mar una cabeza horrorosa. Era toda de color verde y rojizo, con manchas moradas, excepto en los lugares donde había mariscos adheridos, y tenía una forma parecida a la cabeza de un caballo, aunque sin orejas. Sus ojos eran inmensos, ojos especiales para ver en las oscuras profundidades del océano, y tenía la boca muy abierta y doble hilera de afilados dientes, semejantes a los de los peces. Surgió unida a lo que al principio tomaron por un cuello inmenso, pero a medida que emergía más y más, se dieron cuenta de que no se trataba del cuello sino de su cuerpo, y que por fin tenían frente a ellos lo que tanta gente, insensatamente, había esperado ver: la gran Serpiente Marina. Desde muy lejos se podían distinguir los pliegues de su gigantesca cola, que a intervalos se levantaba de la superficie. Ahora su cabeza se encumbraba por sobre el mástil.
Todos los hombres cogieron sus armas, pero no había nada que hacer, el monstruo estaba fuera de su alcance.
-Disparen, disparen -gritó el capitán arquero, y muchos obedecieron, pero las flechas rebotaron en la piel de la Serpiente Marina como si estuviera enchapada en hierro. Luego, durante algunos segundos horribles, todo el mundo se quedó inmóvil mirando fijamente sus ojos y su boca, y preguntándose hacia dónde saltaría.
Pero no saltó. Sacó su cabeza hacia el otro lado del barco, al mismo nivel de la verga del mástil, hasta que quedó justo a la altura de la cofa de combate. Luego continuó estirándose y estirándose hasta que su cabeza estuvo sobre la borda a estribor, y entonces comenzó a bajar, no hacia la atestada cubierta, sino dentro del agua, de modo que toda la nave quedó bajo un arco de serpiente. Casi en el acto, ese arco empezó a achicarse: en verdad la Serpiente Marina ya casi estaba tocando el costado del Explorador del Amanecer.
Eustaquio (que realmente había tratado a toda costa de portarse bien, hasta que la tormenta y el ajedrez lo hicieron volver atrás) hizo en este momento el primer acto de valentía de su vida. Llevaba una espada que le había prestado Caspian y, en cuanto el cuerpo de la serpiente estuvo lo suficientemente cerca a estribor, saltó sobre la borda y comenzó a acuchillarla con todas sus fuerzas. Es cierto que lo único que logró fue hacer añicos la segunda mejor espada de Caspian, pero estuvo excelente para ser un principiante.
Otros lo habrían secundado si en ese instante Rípichip no hubiera gritado:
-¡No peleen, empujen!
Era tan insólito que el Ratón aconsejara no pelear, que, a pesar del terrible momento que estaban pasando, todas las miradas se volvieron hacia él. Cuando Rípichip saltó sobre la borda delante de la serpiente y, apoyando su pequeña espalda peluda contra el enorme cuerpo escamoso y viscoso del reptil, comenzó a empujar lo más fuerte que pudo, muchos de los que estaban allí entendieron su intención y se abalanzaron a ambos lados del barco para hacer lo mismo. Y cuando, instantes más tarde, apareció nuevamente la cabeza de la Serpiente Marina, esta vez a babor y con su espalda hacia ellos, todos comprendieron.
La bestia se había enrollado alrededor del Explorador del Amanecer, y comenzaba a apretar el nudo. Cuando estuviese lo suficientemente apretado... ¡zaz! ... sólo quedarían astillas flotando en el lugar donde antes estuviera el barco, y podría sacar fuera del agua a sus tripulantes uno por uno. La única alternativa que les quedaba era empujar la lazada hacia atrás hasta que se deslizara por la popa, o si no (dicho en otras palabras) empujar el barco hacia adelante, para sacarlo fuera de la lazada.
De más está decir que Rípichip tenía las mismas posibilidades de hacer esto por sí solo que las de levantar una catedral, pero casi había muerto en el intento antes de que los otros lo empujaran a un lado. Pronto toda la tripulación, salvo Lucía y Rípichip (que se estaba desmayando), había formado dos largas filas a lo largo de las dos bordas, poniendo cada hombre su pecho contra la espalda del que estaba adelante, de modo que el peso de toda la hilera recaía en el último hombre, y empujaban con desesperación.
Durante algunos terribles segundos (que parecieron horas) no ocurrió nada. Las coyunturas crujían, caía el sudor y se entrecortaba la respiración entre gruñidos y jadeos. Luego pareció que el barco se movía. Vieron que la lazada del reptil estaba más lejos del mástil que antes, pero también más pequeña. Ahora enfrentaban el verdadero peligro. ¿Podrían hacerla pasar por sobre la popa, o estaba ya demasiado apretada? Sí, pasaría al justo. La serpiente se apoyaba sobre las barandillas de la popa. Una docena de hombres, o más, saltó hacia allá. Así era mucho mejor. El cuerpo de la Serpiente Marina estaba tan abajo ahora que pudieron formar una hilera a través de la popa y empujar codo a codo. Se ilusionaron muchísimo hasta que se acordaron de la gran popa del Explorador del Amanecer, tallada en forma de cola de dragón. Sería imposible hacer pasar por ahí al reptil.
-¡Un hacha! -gritó Caspian en tono áspero-. Y sigan empujando.
Lucía, que sabía donde estaba cada cosa, oyó esto mientras estaba en la cubierta principal con sus ojos clavados en la popa. Bajó de inmediato, cogió el hacha y subió rápidamente la escalera que llevaba a popa. Pero apenas llegó arriba, hubo un ruido impresionante, parecido al de un árbol al caer, y el barco se tambaleó y se precipitó hacia adelante. Pero en ese preciso momento, ya sea por lo fuerte que estaban empujando a la Serpiente Marina, o porque ésta decidió tontamente estrechar el nudo, se desprendió toda la parte tallada de la popa, y el barco quedó libre.
Los demás estaban demasiado agotados para ver lo que vio Lucía. Allá, unos cuantos metros tras ellos, la lazada del cuerpo de la Serpiente Marina se achicó rápidamente y por fin desapareció en un chapuzón. Lucía siempre dijo (pero, claro, estaba tan nerviosa en ese momento, que tal vez sólo fue su imaginación) que ella había visto una mirada de tonta satisfacción en la cara de la criatura. Lo que sí es cierto, es que era un animal muy estúpido, pues en vez de perseguir al barco, dio vuelta la cabeza y comenzó a olfatear a lo largo de su propio cuerpo, como si esperase encontrar allí los restos del Explorador del Amanecer. Pero el Explorador del Amanecer ya estaba bien lejos, navegando impulsado por una fresca brisa, mientras los hombres permanecían tendidos o sentados a lo largo de toda la cubierta, jadeantes y gimiendo, hasta que pudieron conversar sobre el incidente, y luego reír. Y cuando se sirvió ron para todos, incluso hicieron un brindis. Todos elogiaron el valor de Eustaquio (aunque no sirvió de nada) y el de Rípichip.
Después de esto, navegaron durante otros tres días, sin ver más que mar y cielo. Al cuarto día el viento cambió y sopló norte y las olas comenzaron a agrandarse. En la tarde ya era casi un vendaval. Pero al mismo tiempo avistaron tierra a proa.
-Con su permiso, Majestad -dijo Drinian-. Debemos tratar de llegar remando hasta ese lugar para ponernos al abrigo y anclar en el puerto, quizás, hasta que haya terminado esto.
Caspian estuvo de acuerdo, pero a pesar de remar largo rato contra el vendaval, no llegaron a tierra hasta el anochecer. Con el último rayo de luz de aquel día dirigieron el barco a un puerto natural y ahí anclaron, pero aquella noche ninguno bajó a tierra. En la mañana se encontraron en la verde bahía de una región escarpada y solitaria, que terminaba en una cumbre rocosa. Desde el ventoso norte, más allá de aquella cumbre, corrían rápidas las nubes. Bajaron el bote y lo cargaron con los barriles de agua que estaban vacíos.
-¿De cuál de las corrientes sacaremos agua, Drinian? -preguntó Caspian una vez instalado en la escotilla trasera del bote-. Pareciera que hay dos ríos que desembocan en la bahía.
-Es lo mismo, señor -dijo Drinian-, pero creo que estamos más cerca de la que tenemos a estribor, la que está más hacia el este.
-Empieza a llover -anunció Lucía.
-¡Ya lo creo! -dijo Edmundo, pues ya llovía a cántaros-. Propongo que nos vayamos al otro río. Allí hay árboles que nos podrían servir de refugio.
-Sí, vamos -dijo Eustaquio-, no hay para qué mojarse más de lo necesario.
Pero Drinian que mantenía siempre el timón a estribor, como esos cansadores conductores de autos que siguen a sesenta kilómetros por hora, mientras uno les explica que van por el camino equivocado.
-Tienen razón, Drinian -dijo Caspian-. ¿Por qué no giras la proa y vamos hacia el río del oeste?
-Como guste, Majestad -dijo Drinian, en tono un poco seco.
Había tenido un día lleno de preocupaciones ayer por el clima, y no le gustaban los consejos de hombres de tierra. Pero alteró el curso; y más tarde resultó muy acertado que así lo hiciera.
Cuando ya se habían aprovisionado de agua, cesó la lluvia. Caspian junto con Eustaquio, los Pevensie y Rípichip decidieron subir hasta la cumbre del cerro y ver todo lo que se pudiera divisar desde allí. La subida era bastante dificultosa a través de pastos gruesos y de brezos, y no vieron ni seres humanos ni animales, excepto gaviotas. Al llegar a la cumbre se dieron cuenta de que se trataba de una isla muy pequeña, no más de media hectárea y, desde esa altura, el mar parecía más grande y desierto de lo que se veía desde la cubierta, e incluso desde la cofa de combate del Explorador del Amanecer.
-Un disparate, créeme -dijo en voz baja Eustaquio a Lucía, mientras miraba el horizonte hacia el este-. Seguir y seguir navegando en medio de eso, sin saber a qué llegaremos.
Pero lo decía sólo por costumbre, no de mal modo como lo habría dicho antes.
Hacía demasiado frío para permanecer un rato largo en la cumbre, ya que aún soplaba el fresco viento del norte.
-No volvamos por el mismo camino -propuso Lucía al iniciar el regreso-. Sigamos un poquito más y bajemos por el otro río, al que quería ir Drinian.
Todos estuvieron de acuerdo, y unos quince minutos más tarde llegaban al manantial del segundo río. Era un lugar más interesante de lo que ellos esperaban; un lago de montaña pequeño pero profundo, rodeado por acantilados, salvo el lado que daba al mar donde había un pequeño canal del que fluía el agua. Aquí no había viento. Por fin se sentaron a descansar sobre el brezo en lo alto del risco.
Todos se sentaron, menos uno (Edmundo), que muy pronto se puso en movimiento.
-Hay una colección de piedras filudas en esta isla -dijo, mientras buscaba a tientas en el brezo-. ¿Dónde está esa porquería?... ¡Ah, aquí! Ya la encontré... ¡Mira! No es una piedra, sino la empuñadura de una espada. ¡No, por Santa Tecla! Es una espada completa, o lo que el moho dejó de ella. Debe haber estado aquí por años.
-Y narniana además, por lo que veo -agregó Caspian, cuando él y los otros se acercaron a mirar.
-Yo también me senté sobre algo -dijo Lucía-, algo duro.
Eran los restos de una armadura. Pero ya todos estaban en cuatro patas, tanteando en el brezo por todos lados. Su búsqueda tuvo como resultado el descubrimiento de un yelmo, un puñal y unas cuantas monedas, que no eran crecientes calormanos, sino auténticos "Leones" y "Arboles" narnianos, tal como los que puedes ver cualquier día en los mercados del Dique de los Castores y de Beruna.
-Pareciera como si todo esto fuera lo que queda de alguno de nuestros siete lores -dijo Edmundo.
-Estaba pensando lo mismo -dijo Caspian-. Me pregunto cuál de ellos será. No hay nada en el puñal que nos dé una pista. Y me pregunto cómo habrá muerto.
-Y cómo lo vengaremos -añadió Rípichip.
Edmundo, el único del grupo que había leído novelas policiales, se puso a meditar.
-Escuchen -dijo luego-. Creo que aquí hay gato encerrado. No puede haber muerto en una pelea.
-¿Por qué no? -preguntó Caspian.
-No hay huesos -repuso Edmundo-. Un enemigo se queda con la armadura y abandona el cuerpo. ¿Quién ha oído hablar de un tipo que al ganar una lucha se lleve el cadáver y deje la armadura?
-Tal vez lo mató un animal salvaje -dijo Lucía.
-Tendría que haber sido un animal muy hábil -dijo Edmundo-, como para sacarle la armadura.
-Tal vez un dragón -sugirió Caspian.
-Imposible -dijo Eustaquio-, un dragón sería incapaz de hacerlo. Yo lo sé muy bien.
-Bueno, como sea, propongo que nos vayamos de aquí dijo Lucía.
No tenía ganas de sentarse nuevamente desde que Edmundo tocó el tema de los huesos.
-Como quieras-dijo Caspian, levantándose-. No creo que valga la pena llevar ninguna de estas leseras.
Entonces bajaron y bordearon el lago hacia la pequeña brecha de donde salía el río, y se detuvieron a mirar el agua profunda rodeada por los riscos. No hay duda de que si hubiera hecho calor más de alguno habría intentado darse un baño y todos habrían tomado agua. De hecho, igual Eustaquio estaba a punto de agacharse y tomar agua en sus manos, cuando Rípichip y Lucía gritaron al mismo tiempo:
-¡Miren!
Eustaquio se olvidó de lo que iba a hacer y miró dentro del agua. El fondo del lago estaba cubierto de piedras azul grisáceas, el agua era absolutamente transparente y en el fondo yacía una figura de hombre, de tamaño natural, aparentemente hecha de oro; estaba tendido boca abajo, con los brazos estirados encima de la cabeza. Y ocurrió que mientras estaban mirándolo, las nubes se separaron dando paso a un rayo de sol, que iluminó de pies a cabeza la figura dorada. Lucía pensó que era la estatua más hermosa que había visto en su vida.
-Podemos bucear, señor -dijo Rípichip.
-Sería inútil -dijo Edmundo-, por lo menos si realmente es de oro, oro macizo, porque sería demasiado pesada para subirla. Y si estamos en una isla, este lago debe tener entre doce y quince metros de profundidad. Pero... esperen un poco. Qué bueno que traje una lanza de caza; con ella podremos ver cuál es la profundidad. Caspian, sujétame la mano mientras me agacho un poco sobre el agua.
Caspian le tomó la mano y Edmundo, inclinándose hacia adelante, comenzó a meter la lanza en el agua, pero antes de haberla sumergido hasta la mitad, Lucía dijo:
-No creo que la estatua sea de oro. Es sólo la luz. Tu lanza se ve exactamente del mismo color.
-¿Qué pasa? -preguntaron varias voces al unísono. Porque, de pronto, Edmundo había soltado la lanza.
-No podía sostenerla -resolló Edmundo-. Se puso tan pesada...
-Y ahora está allá, en el fondo -dijo Caspian-, y Lucía tiene razón. Se ve exactamente del mismo color de la estatua.
Pero Edmundo, que parecía tener algún problema con sus botas (al menos estaba inclinado hacia abajo, mirándolas), se enderezó súbitamente y gritó con ese tono áspero que difícilmente se puede desobedecer:
-¡Atrás! ¡Aléjense del agua, todos ustedes, de inmediato!
Así lo hicieron, con los ojos clavados en él.
-Miren -dijo Edmundo-. Miren la punta de mis botas.
-Se ven un poco amarillas... -comenzó Eustaquio.
-Son de oro, de oro macizo -interrumpió Edmundo-. Mírenlas, tóquenlas. Ya se separó el cuero del oro, y están tan pesadas como el plomo.
-¡Por Aslan! -exclamó Caspian-. No querrás decir...
Sí, así es -dijo Edmundo-. Esta agua transforma las cosas en oro. Convirtió mi lanza en oro, por eso es que se puso tan pesada. Y ya estaba envolviéndome los pies y convirtió en oro la punta de mis botas; gracias a Dios, las tenía puestas. Y aquel pobre hombre en el fondo..., bueno, ustedes ya lo ven.
-Así que no es una estatua -dijo Lucía en voz baja.
No. Ahora todo está claro. El estaba aquí un día de mucho calor y se desvistió en la punta de aquel risco, donde estuvimos sentados. Las ropas se deben haber podrido o tal vez los pájaros se las llevaron para hacer sus nidos; la armadura está todavía aquí. Luego se zambulló y...
-¡No! -gritó Lucía-. ¡Qué cosa más horrorosa!
-Y qué escapada más milagrosa la que hemos tenido dijo Edmundo.
-Muy milagrosa en verdad -dijo Rípichip-. En cualquier momento el dedo, el pie, los bigotes o la cola de cualquiera de nosotros podría haber resbalado al agua.
-De todas formas -dijo Caspian-, podemos probarlo.
Entonces se agachó y arrancó una ramita de brezo; luego, con mucho cuidado, se arrodilló al lado del río y la hundió en el agua. Era brezo lo que él hundió; lo que sacó era el modelo perfecto de una ramita de brezo hecha de oro puro, suave y pesado como el plomo.
-El rey que posea esta isla -dijo lentamente Caspian, y se ruborizó a medida que hablaba-, pronto será el más rico de todos los reyes del mundo. Yo declaro esta tierra como posesión de Narnia, desde ahora y para siempre. Se llamará Isla del Agua de Oro. Exijo a todos los presentes guardar el secreto. Nadie más debe saber acerca de esto, ni siquiera Drinian, bajo pena de muerte, ¿me entienden?
-¿A quién crees que le estás hablando? -dijo Edmundo-. Yo no soy súbdito tuyo, sino todo lo contrario. Yo soy uno de los cuatro antiguos soberanos de Narnia, y tú le debes lealtad al Gran Rey, mi hermano.
-¿De modo que a eso hemos llegado, rey Edmundo? -dijo Caspian, poniendo la mano en el puño de su espada.
-¡Oh, basta ya! -exclamó Lucía-. Esto es lo malo de hacer cualquier cosa con muchachos. Ustedes son un par de fanfarrones, grandísimos idiotas, ...¡oooh! -y su voz se convirtió en un grito de asombro.
Todos los demás vieron lo mismo que vio ella.
Al otro lado de la ladera gris del cerro (gris porque el brezo aún no estaba en flor), sin ruido, sin mirarlos, y resplandeciendo como si estuviese bajo un brillante rayo de sol, aunque el sol ya se había ocultado, avanzó con paso lento el León más enorme que jamás haya visto el ojo humano. Más tarde, al describir la escena, Lucía dijo que "era del tamaño de un elefante", aunque en otra ocasión simplemente dijo "del tamaño de un caballo de carreta". Pero no era el tamaño lo que importaba. Nadie osó preguntar quién era. Todos sabían que era Aslan.
Y nadie vio ni cómo ni a dónde se fue. Todos se miraron como si estuvieran despertando de un sueño.
-¿De qué estábamos hablando? -Preguntó Caspian-. Parece que me he estado poniendo en ridículo.
-Señor -dijo Rípichip-, este lugar tiene una maldición. Volvamos a bordo lo antes posible. Y si se me permite el honor de dar nombre a esta isla, yo la llamaría Aguas de Muerte.
-Me parece un excelente nombre, Rip -dijo Caspian-, aunque ahora que lo pienso, no sé por qué. Pero parece que el tiempo se está componiendo, y tal vez a Drinian le gustaría partir. ¡Qué cantidad de cosas tenemos que contarle!
Pero en realidad no era mucho lo que podían contar, ya que los recuerdos de la última hora se habían vuelto muy confusos.
-Sus Majestades parecían estar un poco embrujadas al subir a bordo -dijo Drinian a Rins horas después, cuando el Explorador del Amanecer estuvo navegando nuevamente, y la isla de Aguas de Muerte quedó bajo el horizonte-. Algo les sucedió en aquel lugar. Lo único que me queda claro es que ellos creen haber encontrado el cuerpo de uno de esos siete lores que estamos buscando.
- ¡No me digas, Capitán! -Respondió Rins-. Bueno, ya son tres. Sólo faltan cuatro. A este paso estaremos de vuelta en casa poco después del Año Nuevo, lo que es muy bueno. Se me está acabando el tabaco. Buenas noches, señor.
Bueno en este capítulo, Eustaquio que empezaba a comportarse como el antiguo Eustaquio, comete su primera hazaña de valentía cuando luchan contra la Serpiente Marina. Luego llegan a la Isla, en donde todo lo que el agua toca lo transforma en oro, como dicho cuento del rey... pero no importa, dejémoslo para debatir en otro momento, uno no sabe en que pudo haberse inspirado Lewis, ¿no?... Bueno, se continúa con la pelea de Edmund y Caspian, y sobre todo y más importante es el suceso de la segunda aparición de ASLAN en el libro.
Bueno veremos que les depara en la siguiente isla... y qué le sucedió al siguiente Lord... Nos veremos en el siguiente capítulo.
~~Megumi Chan~~
- ¿Mirar qué? -preguntó Edmundo.
-Miren el emblema en la pulsera de oro -dijo Caspian.
-Un pequeño martillo y sobre él un diamante con forma de estrella -dijo Drinian-. ¡Pero si lo he visto antes!
-¡Haberlo visto! -exclamó Caspian-. Claro que lo has visto. Es el símbolo de una gran casa narniana, es el brazalete de lord Octesiano.
-¡Villano! -gritó Rípichip al dragón-. ¿Te has devorado a un lord narniano?
Pero el dragón sacudió violentamente la cabeza.
-O tal vez -dijo Lucía-, él es lord Octesiano transformado en dragón por obra de algún encantamiento, ¿no creen?
-Ninguna de las dos cosas -dijo Edmundo-. Todos los dragones coleccionan oro. Pero creo que podemos suponer que lord Octesiano no pasó más allá de esta isla.
-¿Eres lord Octesiano? -preguntó Lucía al dragón.
Y luego, cuando el dragón sacudió tristemente su cabeza, Lucía preguntó:
-¿Eres alguien que está encantado? Un ser humano, quiero decir.
Y el dragón asintió con su cabeza violentamente. Entonces alguien preguntó (la gente discutiría después si fue Lucía o Edmundo):
-¿No serás..., no serás Eustaquio por casualidad?
Y Eustaquio movió su terrible cabeza de dragón, batió con fuerza su cola en el mar, y todos dieron un brinco hacia atrás (algunos marineros lanzaron exclamaciones que no transcribiré) huyendo de las inmensas y quemantes lágrimas que salían de sus ojos.
Lucía trató por todos los medios de consolarlo; incluso se armó de valor y besó su cara escamosa, y casi todos dijeron "¡qué mala suerte!", y varios aseguraron a Eustaquio que estaban dispuestos a ayudarlo, y muchos dijeron que seguramente habría alguna manera de romper el encantamiento y que lo tendrían perfectamente bien en un par de días. Y, por supuesto, estaban muy ansiosos de escuchar su historia, pero Eustaquio no podía hablar. Más de una vez, en los días siguientes, trató de escribir su aventura en la arena, pero nunca le resultó. En primer lugar, Eustaquio (por no haber leído nunca un buen libro) no tenía ni la menor idea de cómo contar una historia en forma clara; y, por otro lado, los nervios y músculos de la garra de dragón que tenía que usar nunca habían aprendido a escribir, ni tampoco estaban hechos para hacerlo. Como resultado, jamás alcanzó a terminar antes de que subiera la marea y borrara todo lo escrito, salvo los trozos que él ya había pisado o barrido accidentalmente con su cola. Y todo lo que pudieron ver los demás fue algo así (los puntos corresponden a las partes que Eustaquio había emborronado):
"Fui a dorm... cva aev quiero decir cueva del dragón, porque estaba muerto y... ovia tan fuer... desperté y pu... sacarrr mi brazo... ¡Ah, diablos!..."
Fue claro para todos, sin embargo, que el carácter de Eustaquio había mejorado muchísimo al transformarse en dragón. Estaba ansioso por ayudar. Sobrevoló toda la isla y se encontró con que era sumamente montañosa y que estaba habitada solamente por cabras salvajes y manadas de jabalíes, de los cuales cazó una gran cantidad que trajo para reabastecer el barco. Pero era un cazador muy humano, pues podía matar a una bestia con un solo golpe de su cola, de manera que ésta no sabía (y probablemente todavía no sabe) que la habían matado. El se comía unos cuantos animales, claro está, pero siempre solo, ya que, ahora que era un dragón, le gustaba la comida cruda y no podía soportar que lo vieran comiendo algo tan cochino. Y un día, volando lentamente y muy cansado pero triunfante, llevó hasta el campamento un enorme pino que había arrancado de raíz en un valle lejano, que podía servir para fabricar un magnífico mástil. Y en las tardes, si hacía frío, como a veces ocurría después de grandes lluvias, Eustaquio era un bienestar para todos, ya que toda la compañía venía a sentarse apoyando sus espaldas contra las ijadas calientes del dragón, y allí se olvidaban del frío y se secaban; un simple resoplido de su ardiente aliento era capaz de encender la fogata más rebelde. Algunas veces llevaba a un grupo escogido a volar sobre su espalda, para que pudieran ver, dando vueltas debajo de ellos, las verdes laderas, las alturas rocosas, los angostos valles que parecían zanjas y, más allá del mar, hacia el este, un punto azul muy oscuro en el horizonte, que podía ser tierra.
El placer (bastante nuevo para él) de agradar a los demás y, más aún, de que a él le agradaran los demás, era lo que libraba a Eustaquio de la desesperación, ya que ser dragón era muy deprimente. Cada vez que volaba sobre un lago en la montaña y veía reflejarse su figura, sentía un escalofrío. Odiaba las inmensas alas de murciélago, la cordillera de borde dentado sobre el lomo y sus crueles garras curvadas. Casi le daba miedo estar solo, pero sentía vergüenza de estar con los demás. En las tardes que no lo usaban como botella de agua caliente, se escabullía del campamento y se quedaba hecho un ovillo, como una culebra, entre el bosque y el mar. En tales ocasiones, para gran sorpresa suya, Rípichip era su consuelo más frecuente. El noble Ratón se alejaba muy despacio del alegre círculo que había en torno al fuego y se sentaba junto a la cabeza del dragón, a barlovento, para quedar fuera del alcance de su humeante aliento. Ahí explicaba a Eustaquio que lo que le había ocurrido era una demostración sorprendente de las vueltas que daba la rueda de la fortuna y que si él lo tuviera en su casa de Narnia (en realidad era una cueva y no una casa, y ni la cabeza del dragón, dejando a un lado su cuerpo, habría podido meterse), le mostraría más de cien ejemplos de emperadores, reyes, duques, caballeros, poetas, amantes, astrónomos, filósofos y magos que habían caído de la prosperidad a las circunstancias más angustiosas, de los cuales muchos se habían recuperado y habían vivido felices para siempre. Tal vez eso no era un gran consuelo en ese momento, pero la intención era tan cariñosa que Eustaquio nunca lo olvidó.
Pero claro que sobre todos se cernía como una nube el problema de lo que harían con su dragón una vez que estuvieran listos para zarpar. Trataban de no comentarlo cuando él estaba cerca, pero Eustaquio no pudo evitar oír por casualidad cosas como "¿Cabrá a lo largo de uno de los costados de cubierta? Tendríamos que trasladar todas las provisiones para abajo, hacia el otro lado, para contrapesar el barco", o "¿Qué pasa si lo remolcamos?" o "¿Será capaz de seguirnos volando?" y (más frecuente aún), "pero ¿qué haremos para alimentarlo?" El pobre Eustaquio comprendió cada vez más que desde el primer día que subió a bordo había sido una profunda molestia y que ahora era una molestia más grande todavía. Y esto corroía su mente así como aquella pulsera hería su pata. Sabía que tironear la argolla con sus grandes dientes sólo empeoraba las cosas, pero no podía evitar hacerlo, tirándola de vez en cuando, especialmente en las noches calurosas.
Una mañana, unos seis días después de desembarcar en la Isla Dragón, Edmundo se despertó por casualidad muy temprano. Estaba recién aclarando, de modo que podía ver los troncos de árboles si estaban entre él y la bahía, pero no en la otra dirección. Al despertar, Edmundo creyó oír que algo se movía; se levantó un poco, apoyándose en un codo, y miró a su alrededor. De pronto le pareció ver una figura oscura que andaba por el lado del bosque que da al mar. La idea que de inmediato cruzó por su mente fue: ¿Estamos bien seguros de que no hay nativos en esta isla después de todo? Luego pensó que podía ser Caspian (la figura era más o menos de su tamaño), pero sabía que él estaba durmiendo cerca suyo y pudo ver que no se había movido. Edmundo se aseguró de tener la espada en su lugar y se levantó a investigar.
Bajó lentamente hacia la entrada del bosque y la figura estaba aún allí. Ahora podía ver que era demasiado pequeña para ser Caspian y muy grande para ser Lucía. No se escapó. Edmundo desenvainó su espada y ya iba a desafiar al extraño cuando éste dijo en voz baja:
-¿Eres tú, Edmundo?
- Sí -contestó-. ¿Quién eres tú?
-¿No me reconoces? -preguntó el otro-. Soy yo, Eustaquio.
-¡Por Júpiter! -exclamó Edmundo-. ¡Es verdad! Mi querido amigo...
-Cállate -dijo Eustaquio, y se tambaleó como si se fuera a caer.
-Oye -dijo Edmundo, mientras lo sujetaba para que no se cayera-. ¿Qué pasa? ¿Estás enfermo?
Eustaquio permaneció tanto rato en silencio, que Edmundo pensó que se había desmayado, pero finalmente habló:
-Esto ha sido espantoso. No te puedes imaginar... Pero todo está bien ahora. ¿Podemos ir a conversar a alguna parte? No quiero encontrarme con los otros todavía.
-Sí, por supuesto, donde tú quieras -dijo Edmundo-. Podemos sentarnos en aquellas rocas. Oye, no te imaginas lo feliz que estoy de verte... eh... y de que eres tú otra vez. Me imagino que debes haber pasado momentos horribles.
Caminaron hasta las rocas y se sentaron mirando el otro lado de la bahía, mientras el cielo se volvía cada vez más pálido y desaparecían las estrellas, excepto una muy brillante, allá abajo, cerca del horizonte.
-No te contaré cómo me transformé en un..., en dragón, hasta que se lo pueda contar a todos los demás y olvidemos el asunto -dijo Eustaquio-. A propósito, yo no sabía qué era un dragón hasta que oí que todos ustedes usaban esa palabra cuando vine aquí la otra mañana. Quiero contarte cómo dejé de ser dragón.
-Dispara no más -dijo Edmundo.
-Bueno, anoche me sentía más desdichado que nunca y esa maldita argolla me estaba lastimando como diablo...
-¿Estás bien ahora?
Eustaquio se rió, con una risa muy diferente a la que Edmundo le oyera antes, y se sacó fácilmente la pulsera de su brazo.
-Aquí está -dijo-, y por mi parte, al que le guste que se quede con ella. Bueno, como te iba diciendo, yo estaba echado, despierto, y preguntándome qué diablos iría a ser de mí. De pronto... Pero, en realidad, puede que todo haya sido un sueño. Yo no sé.
-Sigue -dijo Edmundo con mucha paciencia. -Bueno, de todos modos, miré hacia arriba y vi lo último que habría esperado: un inmenso león se acercaba a mí lentamente. Y lo raro fue que anoche no había luna, pero había luz de luna donde estaba el león. Se me acercaba cada vez más. Yo le tenía mucho miedo. Seguramente pensarás que, siendo un dragón, fácilmente habría podido dejar fuera de combate a cualquier león. Pero no era esa clase de miedo. No temía que me fuera a comer, simplemente le tenía miedo a él... ¿Me entiendes? Bien, llegó muy cerca mío y me miró fijo a los ojos. Y yo cerré los ojos, bien apretados. Pero no sirvió de nada, porque él me dijo que lo siguiera.
-¿Quieres decir que te habló?
-No lo sé. Ahora que tú lo dices, no creo que lo hiciera. Pero de todas formas me lo dijo. Y yo sabía que tenía que hacer lo que me decía, así es que me puse de pie y lo seguí. Me llevó muy lejos por las montañas. Y siempre había ese claro de luna alrededor del león, dondequiera que fuera. Al final llegamos a la cumbre de una montaña que no había visto jamás, y en la cumbre de esa montaña había un jardín, árboles y frutas, y muchas cosas más. Al medio había una fuente.
"Supe que era una fuente, porque vi las burbujas de agua que subían desde el fondo, pero era mucho más grande que la mayoría de las fuentes, como un gran baño redondo, con escalinata de mármol que bajaba al fondo. El agua era tremendamente clara; pensé que si me metía adentro y me bañaba, se calmaría el dolor de mi pata. Pero el león me dijo que antes tenía que desvestirme. La verdad es que no tengo la menor idea si dijo alguna palabra en alta voz o no.
"Estaba a punto de decir que no podía desvestirme, porque no llevaba ropa, cuando me acordé de que los dragones son una especie de serpientes y que las serpientes botan la piel. ¡Oh!, claro, pensé, eso es lo que el león quiere decir. Y empecé a rascarme, y mis escamas empezaron a caer por todas partes; entonces me rasqué un poco más fuerte y, en vez de ser sólo escamas las que caían por aquí y por allá, toda mi piel comenzó a despellejarse maravillosamente, como ocurre después de una enfermedad, o como si yo fuera un plátano. En un par de minutos simplemente me salí de ella. La pude ver tirada detrás de mí, con un aspecto bastante desagradable. Fue una sensación muy deliciosa. Entonces empecé a bajar a la fuente, para darme un baño. Pero apenas iba a poner mi pie en el agua, miré hacia abajo y vi que estaba tan duro, áspero, arrugado y escamoso como antes. Está bien -me dije-. Quiere decir que tengo puesta otra vestimenta más ligera bajo la primera, y que también debo sacármela. Así es que comencé a rascarme y a desgarrar esta segunda piel, que se soltó a las mil maravillas, y salí de ella y la dejé tirada al lado de la otra y bajé al pozo para darme mi baño.
"Pero ocurrió exactamente lo mismo. Me dije: 'Ay, Dios mío, ¿cuántas pieles más tendré que sacarme?' Ansiaba bañar mi pata. Me rasqué, pues, por tercera vez, y me saqué una tercera piel tal como las dos anteriores, y salí fuera de ella. Pero apenas me vi en el agua, comprendí que no había servido de nada.
"Entonces el león me dijo, pero no sé si me habló o no: Tendrás que dejar que te desvista yo.
"No te puedo decir el miedo que me daban sus garras, pero ya estaba al borde de la desesperación; así es que simplemente me tendí de espaldas, para dejar que él me desvistiera.
"El primer desgarrón que hizo fue tan profundo, que pensé que había ido directo a mi corazón. Y cuando empezó a arrancarme la piel, sentí el dolor más grande que he tenido en toda mi vida. Lo único que me dio valor para aguantar fue el placer de sentir cómo se despellejaba esa cosa. Tú sabes..., si alguna vez te has sacado la costra de una herida. Duele como diablo, pero es tan divertido ver como sale.
-Entiendo perfectamente lo que quieres decir -dijo Edmundo.
-Bueno -continuó Eustaquio-, entonces el león me sacó esa maldita cosa por completo, tal como yo creía haberme arrancado las otras tres, sólo que ésas no me dolieron, y allí quedó tirada en el pasto, pero mucho más gruesa, más oscura y nudosa que las pieles anteriores. Y allí estaba yo, tan terso y suave como una varilla pelada, y más bajo que antes. Entonces el león me agarró, lo que no me gustó mucho, porque estaba muy delicado por dentro ahora que no tenía una piel encima, y me lanzó al agua. Me ardió muchísimo, pero sólo un momento. Después el agua se volvió deliciosa, y en cuanto empecé a nadar y a chapotear, me di cuenta de que el dolor de mi brazo había desaparecido. Y luego vi por qué. Había vuelto a ser un niño. Seguramente pensarás que soy un farsante si te digo lo que me parecían mis propios brazos. Yo sé que no son musculosos y que dejan bastante que desear si los comparas con los de Caspian, pero estaba tan contento de verlos... Después de un momento el león me sacó del agua y me vistió...
-¿Te vistió? ¿Con sus patas?
-Bueno, no me acuerdo muy bien de esa parte. Pero de una forma u otra lo hizo y con ropa nueva; en realidad, la misma que llevó puesta ahora. Y de repente me encontré de vuelta aquí, lo que me hace pensar que todo ha sido un sueño.
- No, no fue un sueño -dijo Edmundo.
-¿Por qué no?
-Bueno, en primer lugar está la ropa y, en seguida, porque has sido desdragonado.
-¿Qué crees que pasó entonces? -dijo Eustaquio. -Creo que has visto a Aslan -respondió Edmundo.
-¡Aslan! -dijo Eustaquio-. Muchas veces he oído mencionar ese nombre desde que nos embarcamos en el Explorador del Amanecer, y yo sentía, no sé por qué, que lo odiaba. Pero entonces yo odiaba todo. Y a propósito, quisiera disculparme, porque me temo que he sido lo más bruto que hay.
-No importa -dijo Edmundo-. Entre nosotros, te diré que no te has portado tan mal como me porté yo en nuestro primer viaje a Narnia. Tú sólo fuiste un burro; en cambio yo fui un traidor.
-Bueno, mejor no me lo cuentes entonces -replicó Eustaquio-, pero dime, ¿quién es Aslan? ¿Lo conoces?
-Bueno..., él me conoce a mí -dijo Edmundo-. Es el Gran León, el hijo del Emperador de Más Allá de los Mares, que me salvó a mí y salvó a Narnia. Todos lo hemos visto, pero Lucía lo ve más a menudo. Y tal vez es al país de Aslan a donde navegamos ahora.
Por un rato ninguno de los dos habló. Ya había desaparecido la última estrella brillante, y aunque no podían ver la salida del sol por las montañas a su derecha, supieron que ya amanecía, porque el cielo sobre ellos y la bahía al frente, tomaban el color de las rosas. Luego, un pájaro, parecido a los papagayos, gritó en el bosque, a sus espaldas; sintieron que algo se movía entre los árboles y, por último, sonó el cuerno de Caspian. El campamento ya estaba en movimiento.
Hubo gran alegría cuando Edmundo y el recuperado Eustaquio se unieron al círculo para desayunar alrededor de la fogata del campamento. Y ahora sí, todos escucharon la primera parte de la historia. La gente dudaba si el otro dragón habría matado a lord Octesiano varios años atrás, o si el mismo Octesiano era el viejo dragón.
Las joyas con que Eustaquio se había repletado los bolsillos en la cueva, habían desaparecido junto con la ropa que llevaba entonces, pero ninguno de ellos, y Eustaquio menos que nadie, quería volver a ese valle en busca de más tesoros.
Algunos días después, con mástil nuevo, recién pintado y bien abastecido, el Explorador del Amanecer estaba listo para zarpar. Antes de embarcarse, en un peñasco liso que miraba hacia la bahía, Caspian hizo grabar la siguiente inscripción:
ISLA DEL DRAGON
DESCUBIERTA POR CASPIAN X, REY DE NARNIA, ETC.
DURANTE EL CUARTO AÑO DE SU REINADO
AQUI, SEGUN SUPONEMOS, ENCONTRO LA
MUERTE LORD OCTESIANO
Sería acertado, y casi, casi la verdad, decir que "desde ese momento en adelante, Eustaquio fue un niño diferente". Para ser realmente precisos, comenzó a ser un niño diferente. Tuvo sus recaídas, y aun había muchos días en que se ponía muy pesado. Pero no haré caso de estas cosas. La cura había empezado.
La pulsera de lord Octesiano tuvo un curioso destino. Como Eustaquio no la quiso, se la ofreció a Caspian, y Caspian a su vez se la ofreció a Lucía, a quien no le interesó tenerla.
-Muy bien, entonces, que la agarre cualquiera -dijo Caspian y la lanzó al aire.
Esto ocurrió cuando estaban mirando la inscripción. La argolla se elevó, resplandeciendo con la luz del sol y, limpiamente, como si se tratara de un tejo bien lanzado, se enganchó y quedó colgando del filo de la roca. Nadie podía trepar a buscarla desde abajo y nadie podía bajar a sacarla desde arriba. Y allí, hasta donde yo sé, debe estar todavía colgando y es posible que siga así hasta el fin de ese mundo.
Hasta ahora este ha sido mi capítulo favorito. Eustaquio es definitivamente mi personaje preferido (después de Peter, claro ¬¬)... Entre nos, no veo la hora de que la peli salga en cine y ver como lo ven los directores de Narnia...
La transición de un semi malo, más bien escéptico, a bueno, me agrada. Lo humaniza. Edmundo también ha mostrado calidez. Pero ha habido algunas escenas importantes en este cap.
1º La pérdida y luego transformación de Eustaquio.
2º El beso de Lucía a Eustaquio dragón. Que es envidiado por los demás XD.
3º La vuelta de Eustaquio niño y su cambio de sentimientos.
4º La primera aparición de Aslan.
5º La historia de Eustaquio.
Bueno nos veremos en el siguiente capítulo. Veremos que les depara a nuestros cuatro héroes favoritos, Eustaquio, Edmundo, Lucy y Caspian, y sus acompañantes, lo digo por Rípichip, Drinian, Rins, etc....
~~Megumi Chan~~
En ese preciso momento los demás se estaban lavando la cara y las manos en el río y se preparaban para comer y, luego, descansar. Los tres mejores arqueros habían subido a los cerros al norte de la bahía, y habían vuelto cargados con un par de cabras salvajes, que ahora se asaban en el fuego. Caspian hizo traer a tierra un barril de vino, un vino fuerte de Arquenlandia, que tuvo que ser mezclado con agua para que hubiera bastante para todos. Hasta el momento el trabajo anduvo bien, así es que la comida fue muy alegre. Sólo después de una segunda porción de carne de cabra, Edmundo preguntó:
-¿Dónde está ese sinvergüenza de Eustaquio?
Entretanto Eustaquio miraba con los ojos muy abiertos aquel valle desconocido. Era tan angosto y profundo, y los precipicios que lo rodeaban tan escarpados, que parecía un gran pozo o una zanja. El suelo estaba cubierto de hierba, aunque lleno de rocas y, por todas partes, se veían manchas negras calcinadas, semejantes a las que ves a los lados de la línea del tren en un verano seco. A unos quince metros del lugar donde se encontraba Eustaquio, había una poza de agua clara y tranquila. En un principio no había nada más en el valle; ni animales, ni pájaros, ni insectos. El sol caía a plomo y los lúgubres picachos de las montañas se asomaban al borde del valle.
Por supuesto, Eustaquio se dio cuenta de que en la niebla había bajado por el lado contrario del cerro, así que se dio vuelta de inmediato para ver el modo de volver atrás. Pero en cuanto miró, sintió un escalofrío. Aparentemente, con una suerte asombrosa, había encontrado el único camino posible para bajar: una franja de tierra larga y verde, terriblemente empinada y angosta, con precipicios a ambos lados. No había forma de regresar. Pero ahora que había visto de qué se trataba, ¿sería capaz de hacerlo? A la sola idea, la cabeza le daba vueltas.
Eustaquio se volvió nuevamente, pensando que, en todo caso, sería mejor que primero tomara bastante agua de la poza. Pero apenas giró y antes de que diera un paso en dirección al valle, oyó un ruido tras él. Era sólo un ruido insignificante, pero resonó muy fuerte en medio de aquel inmenso silencio y lo dejó paralizado de miedo por unos segundos; luego giró la cabeza y miró.
Al fondo del acantilado, un poco a la izquierda de Eustaquio, había un agujero bajo y oscuro, tal vez la entrada a una cueva, del cual salían dos delgadas columnas de humo. Las piedras sueltas justo bajo el agujero se movían (este fue el ruido que él escuchó) como si detrás de ellas algo se arrastrase en la oscuridad.
Algo se arrastraba. Peor aún, algo salía del agujero. Edmundo o Lucía o ustedes lo habrían reconocido de inmediato, pero Eustaquio no había leído ninguno de los libros que hay que leer. Lo que salió de la cueva era algo que jamás se había imaginado siquiera: un largo hocico color plomo, ojos inexpresivos de color rojo, un gran cuerpo ágil sin plumas ni pelo, que se arrastraba por el suelo; patas cuyos codos subían por encima de la espalda como las patas de una araña; crueles garras, alas de murciélago que hacían un sonido chirriante sobre las piedras, y metros de cola. Y las dos hileras de humo salían de sus narices. Eustaquio jamás había pronunciado la palabra dragón. Y si lo hubiera hecho, tampoco eso hubiese mejorado las cosas.
Pero si hubiera sabido algo sobre los dragones, tal vez se habría sorprendido un poco ante la conducta de este dragón. No se enderezó ni batió sus alas, tampoco lanzó un chorro de fuego por la boca. El humo que salía por sus narices era semejante al humo que sale de un fuego que está a punto de apagarse. Tampoco parecía haber visto a Eustaquio. Se movía muy lentamente hacia la poza, lentamente y haciendo muchas pausas. A pesar de su miedo, Eustaquio se dio cuenta de que aquella era una criatura vieja y triste. Se preguntó si se atrevería a correr hacia la cuesta, pero seguramente el dragón volvería la cabeza si oyese algún ruido. Esto podría despabilarlo un poco más. Tal vez estaba sólo fingiendo. De todas maneras, ¿de qué serviría tratar de escapar trepando un cerro, de una criatura que puede volar?
El dragón llegó a la poza y deslizó sobre los cascajos su horrible y escamoso mentón para tomar agua, pero antes de que hubiese tomado nada, emitió un gruñido o graznido fuerte y metálico y, después de algunas contracciones y convulsiones, rodó cayendo de costado y quedó absolutamente inmóvil con una garra en el aire. Un poco de sangre oscura brotó de su hocico abierto. El humo que salía de sus narices se puso negro por un momento y luego se fue esfumando. No salió nada más.
Pasó un largo rato antes de que Eustaquio se atreviera a moverse. Tal vez este fuera un truco de la bestia, un modo de atraer a los viajeros a su muerte. Pero nadie puede esperar para siempre. Dio un paso acercándose, luego dos, y se detuvo nuevamente. El dragón seguía inmóvil; también se dio cuenta de que el fuego rojo había desaparecido de sus ojos. Finalmente, llegó a su lado. Ahora se sentía muy seguro de que el dragón estaba muerto. Con gran escalofrío, lo tocó; no pasó nada.
Eustaquio sintió un alivio tan grande, que casi soltó una carcajada. Empezó a sentirse como si hubiese luchado con el dragón y le hubiese dado muerte, en vez de, simplemente, haberlo visto morir. Pasó por encima del animal y se acercó a la poza para tomar agua, pues el calor se hacía insoportable. No se sorprendió al oír el estruendo de un trueno. Casi de inmediato desapareció el sol y, antes de que terminara de tomar agua, comenzaron a caer gruesas gotas de lluvia.
El clima de esta isla era muy desagradable. En menos de un minuto Eustaquio quedó mojado hasta los huesos, y medio cegado con una lluvia que jamás se ve en Europa. No valía la pena tratar de salir del valle mientras no parara de llover. Corrió a toda carrera al único refugio cercano: la cueva del dragón. Allí se tendió en el suelo y trató de recuperar el aliento.
La mayoría de nosotros sabe qué podemos encontrar en la guarida de un dragón, pero, como ya dije antes, Eustaquio había leído sólo los libros inadecuados en los que se hablaba mucho de exportaciones e importaciones, gobiernos y pérdidas financieras, pero eran muy deficientes en materia de dragones. Es por eso que estaba muy desconcertado con respecto a la superficie en la que descansaba. Había algunas cosas que eran demasiado espinosas para ser piedras y demasiado duras para ser espinas, y parecía haber una gran cantidad de cosas redondas y planas que tintineaban cuando él se movía. Por la boca de la cueva entraba luz suficiente para examinar lo que allí había. Eustaquio encontró lo que cualquiera de nosotros le podría haber dicho de antemano: un tesoro. Había coronas (esas eran las cosas espinudas), monedas, anillos, pulseras, lingotes, copas, platos y piedras preciosas.
Eustaquio, al revés de la mayoría de los niños, nunca había pensado mucho en tesoros, pero vio de inmediato lo útil que serían en este nuevo mundo al que había llegado sin querer en forma tan tonta, a través de un cuadro del dormitorio de Lucía.
"Aquí no existen los impuestos", se dijo, "y no tienes que darle el tesoro al gobierno. Con unas pocas cosas de éstas podría pasarlo bastante bien aquí, tal vez en Calormania. Esto parece ser lo menos falso de estas tierras. ¿Cuánto seré capaz de llevar? Veamos... esta pulsera (probablemente estas cosas que tiene sean brillantes), me la pondré disimuladamente en la muñeca. Es demasiado grande, pero no si me la corro para acá, arriba del codo. Ahora me lleno los bolsillos con diamantes (es más fácil que el oro). ¿Cuándo irá a aflojar esta maldita lluvia?"
Eustaquio se puso en un lugar menos incómodo en el montón de joyas, donde había casi puras monedas, y se instaló a esperar. Pero un buen susto, cuando ya ha pasado, especialmente un buen susto después de una caminata por las montañas, te deja agotado. Eustaquio se quedó dormido.
Mientras él dormía profundamente y roncaba, los otros habían terminado de comer y estaban sumamente alarmados por él.
-¡Eustaquio, Eustaquio! ¡Oye! -gritaron hasta quedar roncos. Caspian hizo sonar su cuerno.
-No está por aquí cerca, o ya nos habría oído -dijo Lucía muy pálida.
-¡Maldito sea! -exclamó Edmundo-. ¿Por qué diablos querría escabullirse de esta manera?
-Pero tenemos que hacer algo -dijo Lucía-. Puede haberse perdido, o caído a un hoyo, o quizás fue capturado por los salvajes.
-O lo mató algún animal salvaje -dijo Drinian.
-Y un buen alivio si así fuese, ya lo creo -murmuró Rins.
-Capitán Rins -dijo Rípichip-, jamás dijiste algo que te siente menos. La criatura no es amiga mía, pero tiene la misma sangre de la reina y, mientras sea uno de los nuestros, es asunto de honor encontrarlo, y vengarlo si es que está muerto.
-Por supuesto que tenemos que encontrarlo, si podemos -dijo Caspian, en tono cansado-. Esa es la lata del asunto. Significa una cuadrilla de búsqueda y problemas sin fin. ¡Que molestia este Eustaquio!
Entretanto, Eustaquio dormía y dormía. Lo despertó un dolor en un brazo. La luna brillaba a la entrada de la boca de la cueva y la cama de joyas parecía haberse vuelto mucho más cómoda. De hecho, Eustaquio apenas la notaba. En un principio se sintió intrigado por el dolor de su brazo, pero pronto pensó que era la pulsera que él había subido hasta el codo, que ahora le apretaba en una forma extraña. Seguramente se le había hinchado el brazo mientras dormía (era su brazo izquierdo).
Movió su brazo derecho para tocarse el izquierdo, pero se detuvo antes de moverlo unos milímetros, y se mordió los labios aterrado. Porque justo frente a él, un poco a la derecha, donde el reflejo de la luna iluminaba claramente el suelo de la cueva, vio una silueta monstruosa que se movía. Reconoció esa forma: era la garra de un dragón. Se había movido cuando él movió la mano, y se quedó quieta, cuando dejó de moverla.
"¡Qué tonto he sido!", pensó Eustaquio, "por supuesto que la bestia tenía su pareja, que ahora está echada a mi lado".
Por un buen rato no se atrevió a mover ni un músculo. Ante sus ojos subían dos delgadas columnas de humo, negras al reflejo de la luna, como el humo que salía de las narices del otro dragón antes de morir. Todo era tan alarmante que Eustaquio contuvo la respiración. Las columnas de humo desaparecieron. Cuando no pudo contenerla más, la fue soltando con gran cautela; y de inmediato reaparecieron los dos chorros de humo. Pero aun entonces, Eustaquio no sospechaba la verdad.
Luego decidió que avanzaría con mucho cuidado hacia su izquierda y trataría de salir silenciosamente de la cueva. A lo mejor la criatura estaba dormida y de todos modos esa era su única oportunidad. Claro que antes de moverse hacia la izquierda miró hacia ese lado y, ¡qué horror!, allí también había una garra de dragón.
Nadie reprocharía a Eustaquio que en ese momento rompiera en lágrimas. Se sorprendió del tamaño de sus propias lágrimas al verlas salpicar el tesoro frente a él. Además eran extrañamente calientes y despedían vapor.
Pero no se sacaba nada con llorar. Debía arrastrarse y salir de entremedio de los dos dragones. Comenzó por estirar su brazo derecho. La pata y garra delantera del dragón hicieron exactamente el mismo movimiento a su derecha. Entonces pensó que debería ensayar por el otro lado. La pata izquierda del dragón también se movió.
¡Dos dragones, uno a cada lado, imitando todo lo que él hacía! Sus nervios no resistieron más y simplemente se escapó.
Hubo tal estrépito, chirridos, tintineo de oro y rechinar de piedras cuando corrió fuera de la cueva, que Eustaquio pensó que los dos dragones lo perseguían. No tuvo valor para mirar hacia atrás. Se abalanzó hacia la poza. La retorcida figura del dragón muerto, que yacía bajo la luz de la luna, habría bastado para aterrorizar a cualquiera, pero en ese instante Eustaquio ni lo advirtió. Su idea era lanzarse al agua. Pero al llegar a la orilla de la poza ocurrieron dos cosas. Primero que nada, de súbito se dio cuenta de que había estado corriendo en cuatro patas. ¿Por qué diablos lo había hecho? En segundo lugar, al inclinarse sobre el agua, por un segundo pensó que otro dragón lo estaba mirando fuera de la poza. Pero en el acto comprendió la realidad. La cara de dragón que se reflejaba en el agua era su propia imagen. No había ninguna duda. Se movía cuando él se movía; abría y cerraba la boca, cuando él abría y cerraba la suya.
Eustaquio se había transformado en un dragón mientras dormía. Por dormir sobre el tesoro de un dragón y por tener pensamientos codiciosos como los de un dragón en el corazón, se había vuelto él mismo un dragón.
Esto lo explicaba todo. No hubo dos dragones a su lado en la cueva. Las garras que veía a su derecha e izquierda eran sus propias garras derecha e izquierda. Las dos columnas de humo salían de sus propias narices. En cuanto al dolor que sentía en su brazo izquierdo (o lo que fue su brazo izquierdo), ahora comprendía lo que había sucedido, al mirar de reojo con su ojo izquierdo. La pulsera que se había ajustado perfectamente a la parte superior del brazo de un niño, era lejos demasiado pequeña para la pata ancha y rechoncha de un dragón. Se había clavado profundamente en su carne escamosa, dejando a cada lado una punzante hinchazón. Eustaquio se hirió con sus dientes de dragón, pero no pudo sacarla.
A pesar del dolor, su primer sentimiento fue de alivio. Ya no había nada que temer. Ahora él mismo era un terror y nada en el mundo, salvo un caballero (y no cualquiera), se atrevería a atacarlo. Ahora podría vérselas hasta con Caspian y Edmundo...
Pero, al momento de pensarlo, se dio cuenta de que eso no le interesaba. Ahora quería ser su amigo. Quería volver donde estaban los humanos y conversar, y reír, y compartir cosas con ellos. Se daba cuenta de que era un monstruo separado de toda la raza humana. Lo invadió una espantosa soledad. Empezó a comprender que los otros no eran en absoluto unos demonios. Se preguntó si realmente él era la persona agradable que creía ser. Anheló oír sus voces, y habría estado profundamente agradecido de recibir una palabra cariñosa, aunque fuera de Rípichip. Al pensar en esto, el pobre dragón, que había sido Eustaquio, alzó la voz y lloró. Debe ser algo difícil de imaginar ver y escuchar a un poderoso dragón que llora a lágrima viva a la luz de la luna en un valle desierto.
Finalmente, Eustaquio decidió que trataría de encontrar el camino para volver a la playa. Ahora comprendía que Caspian jamás habría zarpado dejándolo atrás. Y estaba seguro de que, de algún modo, podría hacer que la gente comprendiera quién era él.
Tomó un largo trago de agua y luego (sé que esto suena horroroso, pero no lo es si lo piensan bien) se comió casi todo el dragón muerto. Ya se había comido la mitad cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo; pues, ya ven, a pesar de que su mente era la de Eustaquio, sus gustos y su digestión eran los de un dragón, y no hay nada que le guste más a un dragón que el dragón fresco. Por eso es que muy rara vez encuentras más de un dragón en un mismo país.
Luego empezó a trepar para salir del valle. Comenzó la escalada con un salto y, apenas hubo saltado, se dio cuenta de que estaba volando. Ya se había olvidado de que tenía alas, así es que se llevó una gran sorpresa, la primera sorpresa agradable que había tenido después de mucho tiempo. Luego se elevó muy alto en el aire y, a la luz de la luna, vio las cumbres de innumerables montañas que se extendían allá abajo. Podía ver la bahía, semejante a una losa de plata, y el Explorador del Amanecer, anclado allí, y las fogatas del campamento que centelleaban en los bosques junto a la playa. Desde gran altura se lanzó hacia ellos en un simple planeo.
Lucía dormía profundamente, pues se quedó en pie hasta el regreso de la cuadrilla de búsqueda, esperando oír buenas noticias sobre Eustaquio. El grupo, que era dirigido por Caspian, volvió tarde y muy cansado. Sus noticias eran inquietantes. No habían encontrado ningún rastro de Eustaquio, pero habían visto un dragón muerto en un valle. Trataron de ver el lado positivo del asunto y unos a otros se aseguraban que lo más probable era que no hubiera más dragones por los alrededores, y que aquel que había muerto cerca de las tres esa tarde (a esa hora lo encontraron), difícilmente podría haber estado matando gente unas pocas horas antes.
-A menos que se haya comido a ese chiquillo malcriado y haya muerto de indigestión: ese mocoso envenenaría cualquier cosa -dijo Rins, pero tan despacio que nadie lo oyó.
Ya tarde en la noche, Lucía se despertó, muy suavemente, y vio a todos reunidos, muy juntos y hablando en susurros.
-Debemos tener mucha fortaleza -decía Caspian-. Un dragón acaba de sobrevolar las copas de los árboles y ha aterrizado en la playa. Sí, me temo que está entre nosotros y el barco. Las flechas no sirven de nada contra los dragones, y ellos no le temen en lo más mínimo al fuego.
-Con el permiso de su Majestad... -comenzó Rípichip.
-No, Rípichip -dijo firmemente el Rey-. No vas a intentar un combate singular con él. Y a menos que me prometas que me vas a obedecer en este asunto, te haré amarrar. Sólo debemos estar muy vigilantes y, apenas amanezca, bajar a la playa y librar la batalla. Yo los guiaré. El rey Edmundo estará a mi derecha y lord Drinian a mi izquierda. No hay otras medidas que tomar. En un par de horas será de día. Que se sirva la comida en una hora más y también lo que queda de vino; y que todo se haga en silencio.
-Tal vez se vaya -dijo Lucía.
-Será peor si lo hace -dijo Edmundo-, porque entonces no sabremos dónde está. Si hay una avispa en la pieza, me gustaría poder verla.
El resto de la noche fue horrible y cuando la comida estuvo servida, a pesar de saber que debían comer, muchos sintieron que no tenían hambre. Pareció que pasaban horas interminables antes de que se disipara la oscuridad y los pájaros empezaran a trinar por aquí y por allá, y la tierra se puso más fría y húmeda de lo que había estado en la noche. Entonces Caspian gritó:
Se levantaron, todos con sus espadas desenvainadas, y se formaron en un sólido grupo, con Lucía al centro y Rípichip en su hombro. Esto era mejor que la espera, y cada uno de ellos sentía más cariño hacia los demás que en tiempos normales. Un instante después, todos marchaban. A medida que se acercaban al extremo del bosque, aumentaba la claridad. Y allí, tendido en la arena, como una lagartija gigante, o un flexible cocodrilo o una serpiente con patas, inmenso, horrible y jorobado, estaba el dragón. Pero al verlos, en vez de levantarse echando fuego y humo, retrocedió; casi se puede decir se fue tambaleando hasta los bajos de la bahía.
-¿Por qué menea así la cabeza? -preguntó Edmundo.
-Y ahora está saludando con la cabeza -dijo Caspian.
-Y algo sale de sus ojos -añadió Drinian.
-Pero ¿no se dan cuenta? -dijo Lucía-. Está llorando. Esas son lágrimas.
-Yo no confiaría mucho, señora -advirtió Drinian-. Es lo que hacen los cocodrilos para pillarnos desprevenidos.
-Movió la cabeza cuando dijiste eso -apuntó Edmundo-, como si quisiera decir "no". Miren, otra vez.
-¿Crees que entiende lo que estamos diciendo? -preguntó Lucía.
El dragón movió su cabeza con vehemencia. Rípichip se dejó caer del hombro de Lucía y dio unos pasos hacia adelante.
-Dragón -dijo con su voz chillona-. ¿Puedes entender nuestras palabras?
El dragón asintió con su cabeza.
-¿Puedes hablar? Sacudió la cabeza.
-Entonces -dijo Rípichip-, sería inútil preguntarte qué te pasa. Pero si estás dispuesto a jurarnos tu amistad, levanta tu pata delantera izquierda sobre tu cabeza.
Así lo hizo el dragón, pero en forma torpe, porque esa era la pata adolorida e hinchada por la pulsera de oro.
-¡Oh, miren! -exclamó Lucía-. Algo le pasa en esa pata. Pobre animal, a lo mejor por eso lloraba. Quizás vino a nosotros para que lo curásemos, como en Androcles y el León.
-Ten cuidado, Lucía -dijo Caspian-. Es un dragón muy inteligente, pero puede que sea un mentiroso.
Pero ya Lucía iba corriendo hacia adelante, seguida por Rípichip, que corría tan rápido como se lo permitían sus cortas patas, y detrás, por supuesto, fueron los niños y Drinian.
-Muéstrame tu pobre pata -dijo Lucía-. Tal vez yo pueda curarla.
El dragón que-había-sido-Eustaquio le tendió muy contento su pata adolorida, recordando que el cordial de Lucía lo había sanado del mareo antes de que se convirtiera en un dragón. Pero tuvo una desilusión. El líquido mágico redujo la hinchazón y calmó un poco el dolor, pero no pudo disolver el oro.
Estaban todos apiñados a su alrededor para observar la operación. De pronto, Caspian exclamó:
-¡Miren!
Tenía los ojos clavados en la pulsera.
Para resumir este capítulo en pocas palabras, digamos que le han dado más protagonismo a Eustaquio convirtiéndolo en dragón producto de su propia codicia... es lo que les pasa a los hombres cuando no miden las consecuencias ¬¬... me gustó esa metáfora de Lewis. Como siempre Lucía en su nobleza de corazón siente compasión por él... lo que no me gusta hasta ahora del libro es que la que se suponía iba a ser la gran protagonista, es decir, Lucía, no ha tenido mucha participación hasta el momento. Ni Edmundo tampoco. Solo Caspian y Eustaquio, incluso Rípichip ha tenido su momento de Gloria.
Veremos que sucede en el próximo capítulo... Hasta este entonces.
Ahora me presento^^
Esta soy yo y mis amigas^^
byes^^
~Megumi~
Cerca de tres días después de su arribo, el Explorador del Amanecer fue remolcado fuera del puerto de Cielo Angosto. La despedida fue muy solemne, y una gran multitud se reunió para verlos partir. Hubo aplausos y también lágrimas cuando Caspian pronunció su último discurso a los habitantes de las Islas Desiertas y se despidió del Duque y su familia. Pero cuando el barco se alejaba de la orilla, con su vela púrpura aún crujiendo perezosamente, y el sonido de la trompeta de Caspian en la popa se hizo más débil a través del agua, todo el mundo quedó silencioso. Pronto apareció el viento. La vela se hinchó, el remolcador soltó el barco y regresó remando. La primera ola grande creció rápido bajo la proa del Explorador del Amanecer, y el barco volvió a tener vida. Los hombres que no estaban en servicio bajaron, Drinian tomó la primera guardia en la popa y la nave puso proa en dirección este, girando al sur de Avra.
Los días que siguieron fueron deliciosos. Lucía pensaba que era la niña más afortunada del mundo, pues al despertar cada mañana veía los reflejos del agua iluminada por el sol bailando en el techo de su camarote, y a su alrededor veía todas esas preciosas cosas nuevas que traía de las Islas Desiertas (botas marineras, botines, capas, chaquetillas y bufandas). Y luego iría a cubierta, a mirar un mar de un azul más brillante cada mañana y beber un aire día a día más cálido. Después venía el desayuno y un hambre que sólo se siente en el mar.
Lucía pasaba largas horas sentada en el banquito de popa jugando ajedrez con Rípichip. Era divertido verlo levantar, con sus dos patas, esas piezas demasiado grandes para él, y pararse en la punta de los pies si tenía que hacer una movida en el centro del tablero. Era un buen jugador y, cuando se acordaba de lo que estaba haciendo, generalmente ganaba. Pero de vez en cuando Lucía era la vencedora, porque a veces el Ratón hacía cosas tan ridículas como poner en peligro un caballo entre una torre y una reina juntas. Esto ocurría cuando él momentáneamente se olvidaba de que se trataba de un juego de ajedrez y estaba pensando en una batalla real y hacía que el caballo se moviera como él lo hubiera hecho en su lugar. Rípichip tenía su mente llena de aventuras imposibles, leyendas de gloria o de muerte y actitudes heroicas.
Pero momentos tan agradables no podían durar eternamente. Una tarde en que Lucía miraba distraídamente hacia popa la estela que el barco dejaba tras de sí, vio de pronto una gran masa de nubes que se formaba al oeste con asombrosa rapidez. De pronto se hizo un hueco entre las nubes por donde se desparramó una dorada puesta de sol. Detrás del barco las olas parecieron tomar extrañas formas, y el mar, un color pardo o amarillento, como el de las velas sucias. El aire se puso frío. El barco parecía moverse inquieto, como si presintiera el peligro a sus espaldas. La vela podía estar plana y lacia, y al momento siguiente desplegarse con violencia. Mientras Lucía observaba estas cosas, extrañada por un siniestro cambio que se percibía en el ruido del viento, Drinian gritó:
-¡Todos a cubierta!
Y en un minuto todo el mundo trabajaba frenéticamente. Aseguraron las escotillas, apagaron el fuego de la cocina y algunos hombres subieron a recoger la vela. Antes de que pudieran terminar, los azotó la tormenta. Lucía pensó que un gran valle se abría en el mar, justo frente a proa y que se metían en él mucho más a fondo de lo que podría haberse imaginado. Una inmensa montaña de agua gris, mucho más alta que el mástil, se precipitaba contra ellos; la muerte parecía segura, pero la corriente los levantó hasta la cresta de la gran ola. Luego pareció que el barco daba vueltas en redondo y una catarata de agua inundó la cubierta; la popa y el castillo de proa parecían dos islas separadas por un furioso mar. Arriba, los marineros estaban tendidos en la verga, tratando desesperadamente de sujetar la vela. Un cabo roto colgaba al viento hacia un lado, muy derecho y tieso como un palo.
-¡Vaya abajo, Señora! -gritó Drinian.
Lucía, sabiendo que los marineros -y marineras- de agua dulce son un estorbo para la tripulación, trató de obedecer de inmediato. Pero no le fue fácil. El Explorador del Amanecer estaba terriblemente escorado a babor, y la cubierta se inclinaba como el techo de una casa. La niña tuvo que gatear de un lado a otro hasta llegar a lo alto de la escalera, afirmándose a la barandilla; se quedó muy quieta mientras dos hombres subían y luego bajó como pudo. Fue una suerte que estuviera bien sujeta, pues al pie de la escalera otra ola atravesó la cubierta bramando y llegó hasta sus hombros. Lucía ya estaba calada hasta los huesos con la espuma y la lluvia, pero esto fue más frío. Después se abalanzó a la puerta de su camarote, entró y dejó afuera la espantosa visión de la rapidez con que se internaban en la oscuridad, pero no pudo acallar la terrible confusión de chirridos, gemidos, chasquidos, estruendos, rugidos y bramidos que sonaban mucho más impresionantes allí abajo que en cubierta.
Y el día siguiente y el subsiguiente fue lo mismo, y así siguió hasta que apenas se podían acordar de cuándo había empezado. Y todo el tiempo tenía que haber tres hombres al timón, ya que menos no habrían podido mantener el rumbo. Y siempre debía haber gente en la bomba. Nadie podía descansar, nada se podía cocinar y nada se podía secar. Un hombre se perdió en el mar. Y no veían nunca el sol.
Una vez que pasó la tormenta, Eustaquio hizo la siguiente anotación en su diario:
"3 de septiembre
"Es el primer día en años que puedo escribir. Nos agarró un huracán que duró trece días y trece noches. Lo sé porque he llevado una cuenta muy minuciosa, aunque los demás dicen que son doce. ¡Qué agradable embarcarse en un viaje tan peligroso con gente que ni siquiera sabe contar bien! He pasado momentos horribles; hora tras hora subiendo y bajando con inmensas olas, a menudo empapado hasta los huesos, y ni siquiera han hecho un intento de prepararnos una verdadera comida. No hace falta decir que no tenemos radio, ni siquiera un cohete, así que no hay ninguna posibilidad de hacer señales para que vengan a ayudarnos. Todo esto prueba lo que les he dicho todo el tiempo. Que es una locura echarse a navegar en un botecito apolillado como éste. Sería bastante malo aun estando con gente decente, en vez de demonios con forma humana. Caspian y Edmundo son muy crueles conmigo. La noche que perdimos nuestro mástil (ahora sólo queda un pedazo de palo) me obligaron a salir a cubierta y a trabajar como un esclavo, a pesar de que no me sentía nada de bien. Lucía metió su cuchara diciendo que Rípichip estaba ansioso por ayudar, pero que era demasiado pequeño. Me pregunto si no se dará cuenta de que todo lo que hace esa pequeña bestia es por lucirse. Incluso a su edad ella podría tener un poco de sentido común. Hoy día, por fin este maldito bote está tranquilo y ha salido el sol, y todos hemos estado horas y horas discutiendo sobre lo que haremos. Tenemos suficiente comida para dieciséis días, aunque puras porquerías. (El agua barrió por la borda todas las aves de corral. Aunque no lo hubiese hecho, la tormenta les habría impedido poner huevos). El verdadero problema es el agua. Parece que dos de los barriles tienen agujeros y perdieron toda el agua (nuevamente la eficiencia narniana). Con pequeñas raciones de medio litro al día, tendremos lo necesario para doce días (aún queda un montón de ron y de vino, pero incluso ellos se dan cuenta de que eso los haría tener más sed).
"Si pudiésemos, por supuesto, lo sensato sería dar la vuelta hacia el oeste y regresar a las Islas Desiertas. Pero nos ha tomado dieciocho días llegar hasta donde estamos, corriendo como locos con un vendaval a nuestras espaldas. Aunque agarráramos viento este, nos demoraríamos mucho más en volver. Por el momento no hay ninguna señal de viento este (de hecho, no hay viento de ningún tipo). Tampoco se puede pensar en remar, porque tomaría mucho más tiempo y, además, Caspian dice que los hombres no pueden remar con apenas medio litro de agua al día. Yo estoy convencido de que está equivocado. Le traté de explicar que el sudor calma a las personas, y que los hombres necesitarían menos agua si estuvieran trabajando, pero no se dio por aludido como lo hace siempre que no se le ocurre alguna respuesta. Todos los demás votaron por continuar, con la esperanza de encontrar tierra. Me sentí en el deber de advertirles que ninguno de nosotros sabía si había tierra más adelante, y traté de hacerles ver los peligros de las ilusiones exageradas. En vez de idear un plan mejor, tuvieron la desfachatez de preguntarme qué proponía yo. Así es que me limité a explicarles fría y tranquilamente que yo había sido raptado y llevado a este estúpido viaje sin mi consentimiento, y que no era asunto mío sacarlos a ellos de su aprieto''.
"4 de septiembre
"Todavía todo en calma. Muy pocas raciones para la comida y a mí es al que menos le dan. Caspian es muy hábil para servirse y piensa que no me doy cuenta. Por alguna razón Lucía me quiso compensar esto ofreciéndome parte de su ración, pero ese pedante metete de Edmundo no la dejó. Sol bastante caluroso. Terriblemente sediento toda la tarde".
"5 de septiembre
"Aún en calma y con mucho calor. Me he sentido fatal todo el día y estoy seguro de que tengo fiebre. Claro que no tienen un termómetro a bordo".
"6 de septiembre
"Un día horrible. Desperté en la noche, sabiendo que estaba afiebrado y que necesitaba un trago de agua. Cualquier doctor lo habría dicho. Dios sabe que yo sería la última persona en tratar de sacar una ventaja desleal, pero jamás imaginé que este racionamiento de agua se aplicaría a un enfermo. En realidad, yo podría haber despertado a los otros y haberles pedido un poco, pero pensé que sería un egoísmo despertarlos. Así es que me levanté, tomé mi taza y salí en puntillas del Agujero Negro donde dormimos, teniendo mucho cuidado de no molestar a Caspian ni a Edmundo, puesto que habían estado durmiendo mal desde que comenzaron el calor y la escasez de agua. Siempre trato de ser considerado con los demás, me sean o no simpáticos. Salí muy bien y entré en la pieza grande, si es que se le puede llamar pieza, donde están las bancas de los remeros y el equipaje. El asunto del agua está allí. Todo iba maravillosamente bien, pero antes de que pudiera sacar una taza llena de agua, me tuvo que atrapar Rip, ese pequeño espía. Traté de explicarle que me iba a cubierta para tomar un poco de aire (él no tenía nada que ver con el problema del agua), pero me preguntó por qué andaba con una taza. Metió tanta bulla que despertó a todo el barco. Me trataron en forma escandalosa. Pregunté, como creo que cualquiera hubiera hecho, por qué Rípichip andaba con tanto sigilo entre los barriles de agua a medianoche. Dijo que como era muy pequeño para ayudar en cubierta, todas las noches vigilaba el agua para que otro hombre pudiera ir a dormir. Y ahora la asquerosa injusticia: ¡Todos le creyeron! ¿No es el colmo?
"Tuve que disculparme, porque si no esa peligrosa bestia me habría perseguido con su espada. Y luego Caspian se mostró tal cual es, un tirano cruel, y dijo en voz alta para que todos oyeran que si descubría a alguien robando agua en el futuro, le daría dos docenas. No entendía lo que quiso decir hasta que Edmundo me lo explicó. Aparece en la clase de libros que leen esos niños Pevensie.
"Después de esta cobarde amenaza, Caspian cambió el tono y comenzó a hablar con aire protector. Dijo que lo sentía por mí, pero que todo el mundo estaba tan afiebrado como yo, y que debíamos tratar de sacar el mejor partido de esto, etc. Odioso mojigato presumido. Me quedé todo el día en cama".
"7 de septiembre
"Un poquito de viento hoy día, pero siempre del oeste. Hicimos unas pocas millas hacia el este, con parte de la vela puesta en lo que Drinian llama bandola. Esto quiere decir el bauprés en posición vertical y atado (ellos lo llaman amarrado) al pedazo que quedaba del verdadero mástil. Todavía con una sed tremenda".
"8 de septiembre
"Seguimos navegando rumbo al este. Paso en mi litera todo el día y no veo a nadie, salvo a Lucía, hasta que los dos demonios vienen a acostarse. Lucía me da un poco de su ración de agua. Dice que a las niñas no les da tanta sed como a los muchachos. Yo siempre he pensado lo mismo, pero esto debería saberse más en el mar".
"9 de septiembre
"Tierra a la vista. Una montaña muy alta allá lejos, al sureste".
"10 de septiembre
"La montaña se ve más alta y más claramente, pero siempre bastante lejos. Gaviotas otra vez, hoy por primera vez desde hace no sé cuánto tiempo".
"11 de septiembre
"Pescaron algunos peces y los sirvieron a la comida. Alrededor de las 7 p.m. dejaron caer el ancla a tres brazas de agua en una bahía de esta isla montañosa. El imbécil de Caspian no nos dejó bajar a tierra, porque estaba oscureciendo, y temía que hubiese nativos y animales salvajes. Ración extra de agua esta noche".
Lo que les esperaba en esta isla iba a afectar a Eustaquio más que a ningún otro, pero no puedo contárselos con sus propias palabras, porque a partir del 11 de septiembre olvidó escribir su diario por un buen tiempo.
Al llegar la mañana, con un cielo bajo y gris, pero con mucho calor, los aventureros se encontraron en una bahía rodeada por tales acantilados y despeñaderos, que parecía un fiordo noruego. Frente a ellos, en la punta de la bahía, había un espacio de tierra cubierta totalmente con árboles que parecían cedros, a través de los cuales corría un rápido riachuelo. Más allá había una cuesta muy escarpada, que terminaba en una dentada cordillera y, más atrás, una vaga oscuridad de montañas que se elevaban en medio de descoloridas nubes que hacían imposible divisar sus cumbres. Los acantilados más cercanos, a cada lado de la bahía, estaban veteados aquí y allá por líneas blancas, y todo el mundo se dio cuenta de que eran cascadas, aunque a esa distancia no parecían tener movimiento ni hacían ruido alguno. En verdad, todo el lugar estaba muy silencioso y el agua de la bahía se veía tan lisa como un cristal, y reflejaba hasta el más mínimo detalle de los acantilados. Tal escena habría sido hermosa en un cuadro, pero en la vida real era un tanto agobiadora. No era un país acogedor para los visitantes.
La tripulación bajó a tierra en dos barcadas; todos bebieron y se lavaron alegremente en el río, comieron y descansaron un poco. Luego Caspian envió a cuatro hombres de regreso para que cuidaran el barco y comenzó el trabajo del día. Había que hacerlo todo: bajar los barriles a tierra, arreglar los que estaban en mal estado, si era posible, y llenarlos todos; debían buscar un árbol, de preferencia un pino si conseguían uno, para cortarlo y fabricar un nuevo mástil; reparar las velas; organizar una cacería para matar cualquier presa que ofreciera aquella tierra; había que lavar y remendar la ropa, y reparar un sinnúmero de destrozos producidos a bordo. Porque en el propio Explorador del Amanecer -más evidente ahora que lo veían a la distancia- apenas se podía reconocer ese barco elegante que zarpó de Cielo Angosto. Parecía un armatoste estropeado y descolorido, que cualquiera habría podido tomar por un barco naufragado. Y sus oficiales y tripulantes no estaban mucho mejor: flacos, pálidos, con los ojos rojos por la falta de sueño y vestidos con harapos.
Cuando Eustaquio, tendido bajo un árbol, escuchó discutir todos estos planes, se le fue el alma a los pies. ¿Es que no habría descanso? Parecía que el primer día en esa anhelada tierra sería de trabajo tan pesado como un día en el mar. Pero entonces se le ocurrió una estupenda idea. Nadie lo miraba, todos hablaban hasta por los codos sobre su barco, como si realmente les gustara esa porquería. ¿Por qué no desaparecer simplemente?
Podría dar un paseo hacia el interior de la isla, encontrar un lugar fresco con buen aire arriba en las montañas, dormir una larga siesta, y no reunirse con los demás hasta que la jornada de trabajo hubiese terminado. Pensó que esto le haría muy bien. Pero tendría buen cuidado de no perder de vista la bahía y el barco para estar seguro del camino de vuelta. No le gustaría que lo dejaran olvidado en ese lugar.
Puso su plan en acción de inmediato. Silenciosamente se levantó del suelo y se alejó caminando entre los árboles. Se preocupó de ir lentamente, como sin rumbo, de modo que si alguien lo veía, podía pensar que sólo estaba estirando las piernas. Se sorprendió al ver lo rápido que disminuía el murmullo de la conversación tras él, lo silencioso y tibio que se volvía el bosque y del tono verde oscuro que tomaba. Pronto se dio cuenta de que podía aventurarse a paso más rápido y decidido.
Este tranco pronto lo llevó fuera del bosque. El terreno comenzó a subir empinadamente frente a él. El pasto estaba seco y resbaloso, pero podría arreglárselas si usaba las manos además de los pies, y aunque jadeaba y tenía que secarse a cada rato la frente, siguió sin parar. Esto demostró, dicho sea de paso, que aunque él no lo sospechase su nueva vida ya le había hecho bien; el Eustaquio de antes, el Eustaquio de Haroldo y Alberta, habría renunciado a escalar al cabo de unos diez minutos.
Lentamente y parándose de vez en cuando a descansar, llegó a la cumbre. Esperaba desde ahí tener vista hacia el centro de la isla, pero las nubes habían bajado aún más, acercándose mucho, y un mar de niebla se arrastraba en dirección a él. Se sentó y miró hacia atrás. Estaba tan alto que la bahía se veía muy pequeña a sus pies, y alcanzaba a ver muchas millas de mar. En eso la niebla que venía de las montañas se cerró a su alrededor, espesa pero no fría; Eustaquio se tendió y se dio vuelta para todos lados buscando la posición más cómoda para pasarlo bien. Pero no lo pasó bien, al menos no por mucho rato. Comenzó, casi por primera vez en su vida, a sentirse solo. Esta sensación, al principio, creció en forma muy gradual. Luego empezó a preocuparse del tiempo. No se oía ni el más leve sonido. De pronto se le ocurrió que tal vez había estado tendido allí durante horas. ¡Quizás los demás se habían ido! ¡A lo mejor lo habían dejado irse a vagar a propósito, con el fin de dejarlo abandonado! Pegó un salto, muerto de miedo, y empezó el descenso.
Al principio trató de hacerlo a toda carrera, pero resbaló en el pasto que estaba muy alto y rodó varios metros. Luego, pensando que esta caída lo había desviado mucho hacia la izquierda y que a la subida había visto precipicios en esa dirección, trepó gateando otra vez, lo más cerca posible -según recordaba- del lugar desde donde había partido y comenzó a bajar de nuevo, torciendo a la derecha. Después las cosas parecieron ir mejor. Iba muy cauteloso, pues no podía ver más allá de un metro y todo a su alrededor continuaba en absoluto silencio. Es muy desagradable tener que caminar con cautela cuando hay una voz dentro de ti diciendo todo el tiempo: "Rápido, rápido, rápido". Cada instante que pasaba se hacía más fuerte su sensación de haber sido abandonado. Si Eustaquio hubiera entendido a Caspian y a sus primos Pevensie, habría sabido, por supuesto, que no existía ni la más remota posibilidad de que hiciesen una cosa semejante. Pero estaba convencido de que ellos eran unos demonios con forma humana.
-¡Al fin -exclamó Eustaquio, mientras se resbalaba por una cuesta llena de piedras sueltas (ellos las llamaban guijarros) hasta que llegó al plano-. Y ahora, ¿dónde están esos árboles? Hay algo oscuro allá adelante. Vaya, creo que la niebla se está disipando.
Y así era. La luz aumentaba cada vez más y lo hacía parpadear. La niebla se levantó, y Eustaquio se encontró en un valle absolutamente desconocido para él. No se veía el mar por ninguna parte.
Este capítulo me ha parecido atrayente, me ha encantado el hecho de que Eustaquio escribiese un diario. Hace al personaje más interesante.
El hecho de que se sintiese solo me parece q lo enriquece.
Nos vemos en el próximo capítulo.
A la mañana siguiente, muy temprano, Lord Bern despertó a sus invitados y, después del desayuno, pidió a Caspian que hiciera formar a todos sus hombres con su armadura completa.
-Y lo más importante -añadió- es que todo esté tan ordenado y limpio como si ésta fuese la mañana de la primera batalla en una gran guerra entre nobles reyes, y el mundo entero estuviera observando.
Así se hizo; luego, Caspian con su gente y Bern con algunos de los suyos, en tres viajes del bote zarparon rumbo a Cielo Angosto. La bandera del Rey flameaba en la popa de su bote y lo acompañaba su trompeta.
Al llegar al muelle en Cielo Angosto, Caspian vio a una muchedumbre inmensa que se había reunido para recibirlos.
-Este es el mensaje que envié anoche -dijo Bern-. Todos son amigos míos y gente honesta.
Y tan pronto como Caspian pisó tierra, la multitud rompió en alegres vítores y gritos: "Narnia, Narnia" y "Viva el rey". Al mismo tiempo, y también gracias a los mensajeros de Bern, comenzaron a repicar las campanas en diversos lugares del pueblo. Caspian ordenó que avanzara su estandarte y que se hiciera sonar su trompeta. Todos los hombres desenvainaron sus espadas y, adoptando un aire de alegre severidad, marcharon calle arriba, haciéndola temblar. Y sus armaduras relucían de tal manera (aquella era una mañana asoleada) que apenas se podía mirarlas mucho rato. Al principio, los únicos que avivaban eran aquellos que habían sido advertidos por los mensajeros de Bern, que sabían lo que estaba ocurriendo y que querían que eso ocurriese. Pero pronto todos los niños se les unieron, porque les encantaban los desfiles y habían visto muy pocos.
Luego se les unieron los colegiales, a los que también les gustaban los desfiles, y pensaban que mientras más ruido y desorden hubiera, menos posibilidades había de que tuvieran clases esa mañana. Y todas las ancianas asomaron la cabeza por puertas y ventanas, y empezaron a charlar y a vitorear, pues se trataba de un rey... Y ¿qué es un gobernador comparado con un rey? Luego se les unieron todas las muchachas jóvenes por la misma razón, y también porque Caspian, Drinian y todos los demás eran muy buenos mozos. Y también los jóvenes se acercaron a ver qué era lo que miraban las muchachas. Así, cuando Caspian llegó a las puertas del castillo, casi todo el pueblo estaba gritando, y Gumpas podía oír el ruido desde el lugar donde se encontraba sentado dentro del castillo, enredándose y perdiendo el tiempo con cuentas y formularios, reglas y reglamentos.
Frente a las puertas del castillo, el trompeta de Caspian dejó oír un toque y gritó:
-¡Abran al Rey de Narnia, que ha venido a visitar a su fiel y bienamado servidor, el gobernador de las Islas Desiertas!
En aquellos días, en la isla todo se hacía en forma descuidada y floja. Sólo se abrió un pequeño postigo y salió un hombre despeinado, que llevaba un sombrero viejo y sucio en lugar de casco, y una lanza oxidada y vieja en sus manos. Parpadeó al ver a los deslumbrantes personajes que tenía ante sí, con ojos entreabiertos.
-No pue... ver... fiencia -masculló (era su modo de decir "No pueden ver a su Suficiencia")-. No entrevistas sin citas, cepto tre nueve y diez p.m. segundo sábado del mes.
-¡Descúbrete ante el Rey de Narnia, perro! -vociferó Lord Bern y le dio un golpe seco con su guantelete, haciendo volar su sombrero.
-¿Qués esto? -comenzó el portero, pero nadie le hizo caso.
Dos de los hombres de Caspian saltaron por el postigo y, después de forcejear un momento con barras y cerrojos (ya que todo estaba oxidado), abrieron de par en par las dos hojas de la puerta. Entonces el Rey y su séquito entraron a grandes pasos en el patio. Allí encontraron a muchos de los guardias del gobernador sentados haraganeando, y de los portales salieron varios más tambaleándose (la mayoría de ellos iba limpiándose la boca). A pesar de que sus armaduras estaban en condiciones vergonzosas, eran tipos que habrían peleado si se les hubiera empujado o si hubieran sabido lo que pasaba; era el momento peligroso. Caspian no les dio tiempo para pensar.
-¿Dónde está el capitán? -preguntó.
-Soy yo, más o menos, si entiendes lo que quiero decir -dijo lánguidamente un joven muy acicalado que no llevaba armadura alguna.
-Es nuestro deseo -dijo Caspian-, que nuestra visita real a nuestro reino de las Islas Desiertas sea, en lo posible, una ocasión de alegría y no de terror para nuestros leales súbditos. Si no fuese por esta razón, tendría algunas críticas que hacer sobre el estado de la armadura y las armas de sus soldados, pero en este caso, lo perdonaré. Ordena que abran un tonel de vino para que tus hombres lo beban a nuestra salud. Pero mañana al mediodía quiero verlos reunidos aquí, en este patio, luciendo como hombres de armas, y no como vagabundos. Preocúpate de que así sea, bajo pena de causarnos un gran disgusto.
El capitán se quedó boquiabierto, pero inmediatamente Bern gritó: "Tres vivas por el Rey" y fue secundado por los soldados, que habían comprendido perfectamente lo del tonel de vino, aunque no entendieron nada más. Luego Caspian ordenó a la mayoría de sus propios hombres que permanecieran en el patio, y él, junto a Bern, Drinian y otros cuatro, entró en la sala.
Al otro lado de la habitación, sentado tras una mesa y rodeado de varios secretarios, se encontraba su Suficiencia, el gobernador de las Islas Desiertas. Gumpas tenía la apariencia de un hombre malhumorado, y su cabello, que antes fue rojo, estaba casi totalmente gris. Al entrar los desconocidos, les echó un vistazo y luego volvió a sus papeles diciendo de manera automática:
-No hay entrevistas sin haber pedido cita, excepto los sábados entre las nueve y diez p.m.
Caspian hizo una seña con la cabeza a Bern y se quedó a un lado. Bern y Drinian avanzaron un paso y cada uno tomó un extremo de la mesa, la levantaron y la lanzaron a un rincón de la sala, donde se dio vuelta desparramando una cascada de cartas, expedientes, tinteros, lápices, lacre y documentos. Después, sin rudeza pero con tal firmeza que sus manos parecían tenazas de acero, sacaron de un tirón a Gumpas de su silla, y lo depositaron al frente, a poco más de un metro de distancia. En el acto Caspian se sentó en el sillón y puso sobre sus rodillas la espada desenvainada.
-Mi Lord -dijo clavando sus ojos en Gumpas-. No nos has dado la bienvenida que esperábamos. Soy el Rey de Narnia.
-Nada de eso en la correspondencia -dijo el gobernador-. Ni en las actas. Nadie nos notificó de tal cosa. Todo irregular. Encantado de considerar cualquier solicitud...
-Y hemos venido a informarnos acerca de la conducción de la oficina de su Suficiencia -continuó Caspian-. Hay dos puntos, especialmente, sobre los cuales exijo una explicación. En primer lugar, no encuentro ningún registro que indique que estas islas hayan pagado los tributos adeudados a la corona de Narnia, por casi ciento cincuenta años.
-Este es un asunto que deberá ser presentado al Consejo el próximo mes -dijo Gumpas-. Si alguien propone que se cree una comisión de investigación que informe sobre la historia financiera de las islas en la primera reunión del año que viene, bueno, entonces...
-También está estipulado claramente en nuestras leyes -continuó Caspian-, que si el tributo no es entregado, la deuda completa deberá ser cancelada de su propio bolsillo por el gobernador de las Islas Desiertas.
Ante esto, Gumpas empezó a prestar verdadera atención.
-¡Ah, no, ni hablar! -dijo Gumpas-. Es una imposibilidad económica... eh... su Majestad debe estar bromeando...
En su interior se preguntaba si habría manera de deshacerse de aquellos visitantes inoportunos. De haber sabido que Caspian tenía un solo barco y sólo la tripulación de ese barco con él, le habría dicho palabras dulces por ahora, y habría esperado hacerlos cercar y asesinar a todos durante la noche. Pero el día anterior había visto un barco de guerra bajar por los estrechos y enviar señales a su escolta, según él supuso. No supo entonces que era el barco del Rey, pues no había viento suficiente para desplegar su bandera y hacer visible el León dorado. Por eso había esperado los acontecimientos. Ahora Gumpas imaginaba que Caspian tenía una flota completa en la finca de Bern. Jamás se le habría pasado por la mente que alguien atacara Cielo Angosto para tomar las islas con menos de cincuenta hombres. Desde luego no era la clase de cosas que se le ocurriría hacer a él.
-En segundo lugar -dijo Caspian-, quiero saber por qué has permitido establecer aquí este abominable y desnaturalizado comercio de esclavos, contrario a las antiguas costumbres y usanzas en nuestros dominios.
-Necesario, inevitable -dijo su Suficiencia-. Un elemento primordial en el desarrollo económico de las islas, se lo aseguro. El auge de nuestra actual prosperidad depende en gran medida de este comercio.
-¿Qué necesidad tienes de esclavos?
-Para la exportación, su Majestad. Venderlos principalmente a Calormen; y tenemos otros mercados. Somos un gran centro de comercio.
-En otras palabras -dijo Caspian-, no los necesitas. Dime ¿para qué sirven fuera de poner dinero en los bolsillos de un tipo como Pug?
-La juventud de su Majestad... -dijo Gumpas con lo que pretendía ser una sonrisa paternal-, no le permite entender el problema económico que esto significa. Yo tengo estadísticas, tengo gráficos, tengo...
-Por muy joven que sea -interrumpió Caspian-, creo entender el mercado de esclavos por dentro tan bien como su Suficiencia. Y no veo que traiga a las islas ni carne, ni pan, ni cerveza, ni vino, ni madera, ni repollos, ni libros, ni instrumentos musicales, ni caballos, ni armaduras, ni ninguna otra cosa digna que valga la pena tener. Pero ya sea que lo haga o no, esto debe terminar.
-Pero esto significaría volver atrás -resolló el gobernador-. ¿No sabes nada de progreso y de desarrollo?
-Los he visto nacer -dijo Caspian-. En Narnia los llamamos un mal camino. Este comercio debe terminar.
-No puedo responsabilizarme de una medida semejante -dijo Gumpas.
-Muy bien, entonces -dijo Caspian-, te relevamos de tu cargo. Milord Bern, ven acá...
Y antes de que Gumpas se diera verdaderamente cuenta de lo que ocurría, Bern, con sus manos entre las del Rey, se arrodilló y prestó juramento de gobernar las Islas Desiertas conforme a las antiguas costumbres, derechos, usanzas y leyes de Narnia.
-Creo que ya hemos tenido bastante de gobernadores -dijo Caspian. Y dio a Bern el título de Duque, Duque de las Islas Desiertas.
-En cuanto a ti, Milord -se dirigió a Gumpas-, perdono tu deuda por los tributos. Pero mañana, antes del mediodía, tú y los tuyos deberán abandonar el castillo, que desde ahora es la residencia del Duque.
-Miren, todo está muy bien -dijo uno de los secretarios de Gumpas-, pero supongamos, caballeros, que ustedes terminen con esta comedia y trabajemos un poco. Para nosotros el asunto es realmente...
-El asunto es -dijo el Duque- si tú y el resto de la chusma se irán con o sin una paliza. Puedes elegir lo que prefieras.
Cuando todo se arregló amigablemente, Caspian hizo traer caballos; había unos cuantos en el castillo, aunque muy mal cuidados. Junto a Bern, Drinian y algunos otros, cabalgó hacia el pueblo y se dirigió al mercado de esclavos. Era un edificio largo y bajo situado cerca del puerto. La escena que se desarrollaba cuando ellos entraron, se parecía a cualquier otra subasta: es decir, había una gran multitud y Pug, desde un estrado, gritaba con voz ronca:
-Ahora, caballeros, el lote veintitrés. Excelente trabajador agrícola terebintiano, apto para trabajar en minas o en las galeras. Menos de veinticinco años de edad. Ni un solo diente malo. Un tipo bueno y musculoso. Tachuelas, sácale la camisa para que los caballeros puedan verlo. ¡Ahí tienen músculos! Mírenle el pecho. Diez crecientes ofrece el caballero del rincón. Debe estar bromeando, señor. ¡Quince!, ¡dieciocho!..., dieciocho es la postura por el lote veintitrés. ¿Alguien da más?... Veintiuno. Gracias, señor. La oferta es veintiuno...
Pero Pug se interrumpió boquiabierto al ver a los personajes vestidos con armaduras que subieron al estrado, haciendo sonar los metales.
-Arrodíllense todos ante el Rey de Narnia -dijo el Duque.
Todos escucharon el cascabeleo de los caballos piafando afuera, y muchos habían oído rumores del desembarco y de los acontecimientos en el castillo. La mayoría obedeció. A los que no lo hicieron, los tiraron al suelo sus propios vecinos. Algunos vitorearon.
-Estás condenado, Pug, por haber puesto ayer tus manos sobre nuestra real persona -dijo Caspian-, pero tu ignorancia queda perdonada. El comercio de esclavos ha sido prohibido en todos nuestros dominios, desde hace un cuarto de hora. Declaro en libertad a todos los esclavos en este mercado.
Levantó la mano para acallar las ovaciones de los esclavos, y continuó:
-¿Dónde están mis amigos?
-¿Aquella adorable niñita y el encantador joven caballero? -preguntó Pug con una sonrisa zalamera-.
¡Pues bien, los agarraron en el acto!
-¡Aquí estamos Caspian, aquí estamos! -gritaron Edmundo y Lucía al unísono.
-A su servicio, Majestad -chilló Rípichip desde otra esquina.
Habían sido vendidos, pero los hombres que los compraron se quedaron a fin de hacer ofertas por otros esclavos; por eso no se los habían llevado aún. La multitud se apartó para dar paso a ellos tres y hubo fuertes apretones de mano y saludos entre Caspian y sus amigos. En seguida se acercaron dos comerciantes de Calormen. Los calormanos tienen la cara oscura y largas barbas, usan túnicas sueltas y turbantes color naranja, y son un pueblo antiguo, sabio, rico, cortés y cruel. Se inclinaron atentamente ante Caspian y le hicieron muchos cumplidos sobre las fuentes de prosperidad que riegan los jardines de la prudencia y la virtud (y muchas cosas por el estilo), pero, por supuesto, lo que querían era el dinero que habían pagado.
-Es muy justo, señores -dijo Caspian-. A todo aquel que compró un esclavo hoy, se le devolverá su dinero. Pug, saca todas tus ganancias, hasta el último mínimo. (Un mínimo equivale a un cuadragésimo de creciente).
-¿Es que su Majestad pretende arruinarme? -gimió Pug.
-Toda tu vida has vivido del sufrimiento ajeno -dijo Caspian-, y si quedas en la ruina, es preferible ser mendigo que esclavo. Pero ¿dónde está mi otro amigo?
-¿El? -dijo Pug-. Por favor, lléveselo, se lo agradeceré. Feliz de deshacerme de él. Jamás había visto algo más difícil de vender en el mercado, en todos los días de mi vida. Al final lo ofrecí en cinco crecientes y, así y todo, nadie lo compró. Lo tiré gratis junto a otros lotes, y nadie lo quiso tampoco, ni siquiera lo miraron. Tachuelas, muéstranos a Enfurruñado.
De ese modo presentaron a Eustaquio y por cierto que parecía estar de mal humor, ya que, aunque a nadie le gustaría que lo vendieran como esclavo, debe ser aún más mortificante ser una especie de esclavo de repuesto al que nadie quiere comprar. Subió hasta donde se encontraba Caspian y dijo:
-Ya veo. Como siempre. Divirtiéndote en algún lugar, mientras el resto de nosotros estábamos prisioneros. Supongo que no has averiguado nada del cónsul británico. Por supuesto que no.
Aquella noche hubo una gran fiesta en el castillo de Cielo Angosto.
-¡Ojalá mañana empiecen nuestras verdaderas aventuras! -dijo Rípichip al irse a la cama, después de hacer sus reverencias a todos.
Pero en realidad no podría ser mañana, ni nada parecido. Por ahora se aprestaban para dejar atrás todos los mares y tierras conocidos, y tenían que hacer grandes preparativos. El Explorador del Amanecer quedó vacío y ocho caballos lo arrastraron a tierra sobre grandes olas. Los más expertos carpinteros de barcos lo revisaron entero hasta el último rincón. Luego lo echaron nuevamente al mar y lo aprovisionaron con todos los víveres y el agua que podía contener, es decir, para veintiocho días. Aun así, como Edmundo lo hizo ver con desilusión, esto les permitiría navegar sólo quince días en dirección este antes de tener que abandonar su búsqueda.
Mientras se hacían estos preparativos, Caspian no perdió la oportunidad de interrogar a todos los capitanes navales de más edad que pudo encontrar en Cielo Angosto, para averiguar si sabían algo o habían oído algún rumor sobre la existencia de tierras hacia el este.
Sirvió muchas jarras con cerveza del castillo, a hombres de caras curtidas, de cortas barbas grises y claros ojos azules y, a cambio de esto, escuchó muchos cuentos increíbles. Pero los que parecían ser más veraces no sabían de tierras más allá de las Islas Desiertas, y muchos pensaban que si navegabas alejándote hacia el este, entrarías en los profundos oleajes de un mar sin tierras, que se arremolinan eternamente alrededor del borde del mundo.
-Y pienso que es allá donde se fueron a pique los amigos de su Majestad.
El resto sólo contaba extrañas historias sobre islas habitadas por hombres sin cabeza, islas flotantes, trombas marinas, y fuego que quema de un extremo a otro de las aguas. Sólo uno de ellos, para felicidad de Rípichip, dijo:
-Y tras todo aquello está el país de Aslan. Pero eso es más allá del fin del mundo, y ustedes no pueden llegar allá.
Mas, cuando le interrogaron, solamente pudo decir que se lo había escuchado a su padre.
Lo único que Bern podía decir era que había visto a sus seis compañeros navegar hacia el este, y que nunca más había vuelto a saber de ellos. Dijo esto cuando estaba con Caspian en el lugar más alto de Avra, que domina el mar oriental.
-A menudo he estado aquí por la mañana -dijo el Duque-, y he visto el sol saliendo por el mar. A veces parecía que estuviera un par de millas más allá, y he pensado en mis amigos y me he preguntado qué habrá verdaderamente tras el horizonte. Nada, probablemente, y, sin embargo, siempre me avergüenzo un poco de haberme quedado atrás. Pero quisiera que su Majestad no se fuera. Podríamos necesitar su ayuda aquí. El haber cerrado el mercado de esclavos puede significar un mundo nuevo. Temo una guerra con los calormanos. Mi Señor, piénsalo bien.
-Hice un juramento, señor Duque -dijo Caspian-. Y de todas formas ¿qué podría decirle a Rípichip?
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Hay lugares vacíos en tu corazón que anhelan ser ocupados por alguien o algo... Dame la oportunidad de que sea yo quien lo ocupe...Prometo no defraudarte..
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