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Capítulo 4: Lo que cáspian hizo en ese lugar

miércoles, 13 de agosto del 2008
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IV                    LO QUE CASPIAN HIZO EN ESE LUGAR

A la mañana siguiente, muy temprano, Lord Bern despertó a sus invitados y, después del desayuno, pidió a Caspian que hiciera formar a todos sus hombres con su armadura completa.

-Y lo más importante -añadió- es que todo esté tan ordenado y limpio como si ésta fuese la mañana de la primera batalla en una gran guerra entre nobles reyes, y el mundo entero estuviera observando.

Así se hizo; luego, Caspian con su gente y Bern con algunos de los suyos, en tres viajes del bote zarparon rumbo a Cielo Angosto. La bandera del Rey flameaba en la popa de su bote y lo acompañaba su trompeta.

Al llegar al muelle en Cielo Angosto, Caspian vio a una muchedumbre inmensa que se había reunido para recibirlos.

-Este es el mensaje que envié anoche -dijo Bern-. Todos son amigos míos y gente honesta.

Y tan pronto como Caspian pisó tierra, la multitud rompió en alegres vítores y gritos: "Narnia, Narnia" y "Viva el rey". Al mismo tiempo, y también gracias a los mensajeros de Bern, comenzaron a repicar las campanas en diversos lugares del pueblo. Caspian ordenó que avanzara su estandarte y que se hiciera sonar su trompeta. Todos los hombres desenvainaron sus espadas y, adoptando un aire de alegre severidad, marcharon calle arriba, haciéndola temblar. Y sus armaduras relucían de tal manera (aquella era una mañana asoleada) que apenas se podía mirarlas mucho rato. Al principio, los únicos que avivaban eran aquellos que habían sido advertidos por los mensajeros de Bern, que sabían lo que estaba ocurriendo y que querían que eso ocurriese. Pero pronto todos los niños se les unieron, porque les encantaban los desfiles y habían visto muy pocos.

Luego se les unieron los colegiales, a los que también les gustaban los desfiles, y pensaban que mientras más ruido y desorden hubiera, menos posibilidades había de que tuvie­ran clases esa mañana. Y todas las ancianas asomaron la ca­beza por puertas y ventanas, y empezaron a charlar y a vitorear, pues se trataba de un rey... Y ¿qué es un gobernador comparado con un rey? Luego se les unieron todas las muchachas jóvenes por la misma razón, y también porque Caspian, Drinian y todos los demás eran muy buenos mozos. Y también los jóvenes se acercaron a ver qué era lo que miraban las muchachas. Así, cuando Caspian llegó a las puertas del castillo, casi todo el pueblo estaba gritando, y Gumpas podía oír el ruido desde el lugar donde se encontraba sentado dentro del castillo, enredándose y perdiendo el tiempo con cuentas y formularios, reglas y reglamentos.

Frente a las puertas del castillo, el trompeta de Caspian dejó oír un toque y gritó:

-¡Abran al Rey de Narnia, que ha venido a visitar a su fiel y bienamado servidor, el gobernador de las Islas Desiertas!

En aquellos días, en la isla todo se hacía en forma descuidada y floja. Sólo se abrió un pequeño postigo y salió un hombre despeinado, que llevaba un sombrero viejo y sucio en lugar de casco, y una lanza oxidada y vieja en sus manos. Parpadeó al ver a los deslumbrantes personajes que tenía ante sí, con ojos entreabiertos.

-No pue... ver... fiencia -masculló (era su modo de decir "No pueden ver a su Suficiencia")-. No entrevistas sin citas, cepto tre nueve y diez p.m. segundo sábado del mes.

-¡Descúbrete ante el Rey de Narnia, perro! -vociferó Lord Bern y le dio un golpe seco con su guantelete, haciendo volar su sombrero.

 -¿Qués esto? -comenzó el portero, pero nadie le hizo caso.

Dos de los hombres de Caspian saltaron por el postigo y, después de forcejear un momento con barras y cerrojos (ya que todo estaba oxidado), abrieron de par en par las dos hojas de la puerta. Entonces el Rey y su séquito entraron a grandes pasos en el patio. Allí encontraron a muchos de los guardias del gobernador sentados haraganeando, y de los portales salieron varios más tambaleándose (la mayoría de ellos iba limpiándose la boca). A pesar de que sus armaduras estaban en condiciones vergonzosas, eran tipos que habrían peleado si se les hubiera empujado o si hubieran sabido lo que pasaba; era el momento peligroso. Caspian no les dio tiempo para pensar.

 -¿Dónde está el capitán? -preguntó.

-Soy yo, más o menos, si entiendes lo que quiero decir -dijo lánguidamente un joven muy acicalado que no llevaba armadura alguna.

-Es nuestro deseo -dijo Caspian-, que nuestra visita real a nuestro reino de las Islas Desiertas sea, en lo posible, una ocasión de alegría y no de terror para nuestros leales súbditos. Si no fuese por esta razón, tendría algunas críticas que hacer sobre el estado de la armadura y las armas de sus soldados, pero en este caso, lo perdonaré. Ordena que abran un tonel de vino para que tus hombres lo beban a nuestra salud. Pero mañana al mediodía quiero verlos reunidos aquí, en este patio, luciendo como hombres de armas, y no como vagabundos. Preocúpate de que así sea, bajo pena de causarnos un gran disgusto.

El capitán se quedó boquiabierto, pero inmediatamen­te Bern gritó: "Tres vivas por el Rey" y fue secundado por los soldados, que habían comprendido perfectamente lo del tonel de vino, aunque no entendieron nada más. Luego Caspian ordenó a la mayoría de sus propios hombres que permanecieran en el patio, y él, junto a Bern, Drinian y otros cuatro, entró en la sala.

Al otro lado de la habitación, sentado tras una mesa y rodeado de varios secretarios, se encontraba su Suficiencia, el gobernador de las Islas Desiertas. Gumpas tenía la apariencia de un hombre malhumorado, y su cabello, que antes fue rojo, estaba casi totalmente gris. Al entrar los desconocidos, les echó un vistazo y luego volvió a sus papeles diciendo de manera automática:

-No hay entrevistas sin haber pedido cita, excepto los sábados entre las nueve y diez p.m.

Caspian hizo una seña con la cabeza a Bern y se quedó a un lado. Bern y Drinian avanzaron un paso y cada uno tomó un extremo de la mesa, la levantaron y la lanzaron a un rincón de la sala, donde se dio vuelta desparramando una cascada de cartas, expedientes, tinteros, lápices, lacre y documentos. Después, sin rudeza pero con tal firmeza que sus manos parecían tenazas de acero, sacaron de un tirón a Gumpas de su silla, y lo depositaron al frente, a poco más de un metro de distancia. En el acto Caspian se sentó en el sillón y puso sobre sus rodillas la espada desenvainada.

-Mi Lord -dijo clavando sus ojos en Gumpas-. No nos has dado la bienvenida que esperábamos. Soy el Rey de Narnia.

-Nada de eso en la correspondencia -dijo el goberna­dor-. Ni en las actas. Nadie nos notificó de tal cosa. Todo irregular. Encantado de considerar cualquier solicitud...

-Y hemos venido a informarnos acerca de la conducción de la oficina de su Suficiencia -continuó Caspian-. Hay dos puntos, especialmente, sobre los cuales exijo una explicación. En primer lugar, no encuentro ningún registro que indique que estas islas hayan pagado los tributos adeudados a la corona de Narnia, por casi ciento cincuenta años.

-Este es un asunto que deberá ser presentado al Consejo el próximo mes -dijo Gumpas-. Si alguien propone que se cree una comisión de investigación que informe sobre la historia financiera de las islas en la primera reunión del año que viene, bueno, entonces...

-También está estipulado claramente en nuestras leyes -continuó Caspian-, que si el tributo no es entregado, la deuda completa deberá ser cancelada de su propio bolsillo por el gobernador de las Islas Desiertas.

Ante esto, Gumpas empezó a prestar verdadera aten­ción.

-¡Ah, no, ni hablar! -dijo Gumpas-. Es una imposi­bilidad económica... eh... su Majestad debe estar bromean­do...

En su interior se preguntaba si habría manera de deshacerse de aquellos visitantes inoportunos. De haber sabido que Caspian tenía un solo barco y sólo la tripulación de ese barco con él, le habría dicho palabras dulces por ahora, y habría esperado hacerlos cercar y asesinar a todos durante la noche. Pero el día anterior había visto un barco de guerra bajar por los estrechos y enviar señales a su escolta, según él supuso. No supo entonces que era el barco del Rey, pues no había viento suficiente para desplegar su bandera y hacer visible el León dorado. Por eso había esperado los acontecimientos. Ahora Gumpas imaginaba que Caspian tenía una flota completa en la finca de Bern. Jamás se le habría pasado por la mente que alguien atacara Cielo Angosto para tomar las islas con menos de cincuenta hombres. Desde luego no era la clase de cosas que se le ocurriría hacer a él.

-En segundo lugar -dijo Caspian-, quiero saber por qué has permitido establecer aquí este abominable y desnaturalizado comercio de esclavos, contrario a las anti­guas costumbres y usanzas en nuestros dominios.

-Necesario, inevitable -dijo su Suficiencia-. Un ele­mento primordial en el desarrollo económico de las islas, se lo aseguro. El auge de nuestra actual prosperidad depende en gran medida de este comercio.

 -¿Qué necesidad tienes de esclavos?

-Para la exportación, su Majestad. Venderlos principal­mente a Calormen; y tenemos otros mercados. Somos un gran centro de comercio.

-En otras palabras -dijo Caspian-, no los necesitas. Dime ¿para qué sirven fuera de poner dinero en los bolsillos de un tipo como Pug?

-La juventud de su Majestad... -dijo Gumpas con lo que pretendía ser una sonrisa paternal-, no le permite entender el problema económico que esto significa. Yo tengo estadísticas, tengo gráficos, tengo...

-Por muy joven que sea -interrumpió Caspian-, creo entender el mercado de esclavos por dentro tan bien como su Suficiencia. Y no veo que traiga a las islas ni carne, ni pan, ni cerveza, ni vino, ni madera, ni repollos, ni libros, ni instrumentos musicales, ni caballos, ni armaduras, ni ningu­na otra cosa digna que valga la pena tener. Pero ya sea que lo haga o no, esto debe terminar.

-Pero esto significaría volver atrás -resolló el goberna­dor-. ¿No sabes nada de progreso y de desarrollo?

-Los he visto nacer -dijo Caspian-. En Narnia los llamamos un mal camino. Este comercio debe terminar.

-No puedo responsabilizarme de una medida semejan­te -dijo Gumpas.

-Muy bien, entonces -dijo Caspian-, te relevamos de tu cargo. Milord Bern, ven acá...

Y antes de que Gumpas se diera verdaderamente cuenta de lo que ocurría, Bern, con sus manos entre las del Rey, se arrodilló y prestó juramento de gobernar las Islas Desiertas conforme a las antiguas costumbres, derechos, usanzas y leyes de Narnia.

-Creo que ya hemos tenido bastante de gobernadores -dijo Caspian. Y dio a Bern el título de Duque, Duque de las Islas Desiertas.

-En cuanto a ti, Milord -se dirigió a Gumpas-, perdono tu deuda por los tributos. Pero mañana, antes del mediodía, tú y los tuyos deberán abandonar el castillo, que desde ahora es la residencia del Duque.

-Miren, todo está muy bien -dijo uno de los secretarios de Gumpas-, pero supongamos, caballeros, que ustedes terminen con esta comedia y trabajemos un poco. Para nosotros el asunto es realmente...

-El asunto es -dijo el Duque- si tú y el resto de la chusma se irán con o sin una paliza. Puedes elegir lo que prefieras.

Cuando todo se arregló amigablemente, Caspian hizo traer caballos; había unos cuantos en el castillo, aunque muy mal cuidados. Junto a Bern, Drinian y algunos otros, cabalgó hacia el pueblo y se dirigió al mercado de esclavos. Era un edificio largo y bajo situado cerca del puerto. La escena que se desarrollaba cuando ellos entraron, se parecía a cualquier otra subasta: es decir, había una gran multitud y Pug, desde un estrado, gritaba con voz ronca:

-Ahora, caballeros, el lote veintitrés. Excelente traba­jador agrícola terebintiano, apto para trabajar en minas o en las galeras. Menos de veinticinco años de edad. Ni un solo diente malo. Un tipo bueno y musculoso. Tachuelas, sácale la camisa para que los caballeros puedan verlo. ¡Ahí tienen músculos! Mírenle el pecho. Diez crecientes ofrece el caballero del rincón. Debe estar bromeando, señor. ¡Quin­ce!, ¡dieciocho!..., dieciocho es la postura por el lote veintitrés. ¿Alguien da más?... Veintiuno. Gracias, señor. La oferta es veintiuno...

Pero Pug se interrumpió boquiabierto al ver a los personajes vestidos con armaduras que subieron al estrado, haciendo sonar los metales.

-Arrodíllense todos ante el Rey de Narnia -dijo el Duque.

Todos escucharon el cascabeleo de los caballos piafando afuera, y muchos habían oído rumores del desembarco y de los acontecimientos en el castillo. La mayoría obedeció. A los que no lo hicieron, los tiraron al suelo sus propios vecinos. Algunos vitorearon.

-Estás condenado, Pug, por haber puesto ayer tus manos sobre nuestra real persona -dijo Caspian-, pero tu ignorancia queda perdonada. El comercio de esclavos ha sido prohibido en todos nuestros dominios, desde hace un cuarto de hora. Declaro en libertad a todos los esclavos en este mercado.

Levantó la mano para acallar las ovaciones de los esclavos, y continuó:

 -¿Dónde están mis amigos?

 -¿Aquella adorable niñita y el encantador joven caballero? -preguntó Pug con una sonrisa zalamera-.

¡Pues bien, los agarraron en el acto!

-¡Aquí estamos Caspian, aquí estamos! -gritaron Edmundo y Lucía al unísono.

-A su servicio, Majestad -chilló Rípichip desde otra esquina.

Habían sido vendidos, pero los hombres que los compraron se quedaron a fin de hacer ofertas por otros esclavos; por eso no se los habían llevado aún. La multitud se apartó para dar paso a ellos tres y hubo fuertes apretones de mano y saludos entre Caspian y sus amigos. En seguida se acercaron dos comerciantes de Calormen. Los calormanos tienen la cara oscura y largas barbas, usan túnicas sueltas y turbantes color naranja, y son un pueblo antiguo, sabio, rico, cortés y cruel. Se inclinaron atentamente ante Caspian y le hicieron muchos cumplidos sobre las fuentes de prosperidad que riegan los jardines de la prudencia y la virtud (y muchas cosas por el estilo), pero, por supuesto, lo que querían era el dinero que habían pagado.

-Es muy justo, señores -dijo Caspian-. A todo aquel que compró un esclavo hoy, se le devolverá su dinero. Pug, saca todas tus ganancias, hasta el último mínimo. (Un mínimo equivale a un cuadragésimo de creciente).

 -¿Es que su Majestad pretende arruinarme? -gimió Pug.

-Toda tu vida has vivido del sufrimiento ajeno -dijo Caspian-, y si quedas en la ruina, es preferible ser mendigo que esclavo. Pero ¿dónde está mi otro amigo?

-¿El? -dijo Pug-. Por favor, lléveselo, se lo agrade­ceré. Feliz de deshacerme de él. Jamás había visto algo más difícil de vender en el mercado, en todos los días de mi vida. Al final lo ofrecí en cinco crecientes y, así y todo, nadie lo compró. Lo tiré gratis junto a otros lotes, y nadie lo quiso tampoco, ni siquiera lo miraron. Tachuelas, muéstranos a Enfurruñado.

De ese modo presentaron a Eustaquio y por cierto que parecía estar de mal humor, ya que, aunque a nadie le gustaría que lo vendieran como esclavo, debe ser aún más mortificante ser una especie de esclavo de repuesto al que nadie quiere comprar. Subió hasta donde se encontraba Caspian y dijo:

-Ya veo. Como siempre. Divirtiéndote en algún lugar, mientras el resto de nosotros estábamos prisioneros. Supon­go que no has averiguado nada del cónsul británico. Por supuesto que no.

Aquella noche hubo una gran fiesta en el castillo de Cielo Angosto.

-¡Ojalá mañana empiecen nuestras verdaderas aventu­ras! -dijo Rípichip al irse a la cama, después de hacer sus reverencias a todos.

Pero en realidad no podría ser mañana, ni nada pareci­do. Por ahora se aprestaban para dejar atrás todos los mares y tierras conocidos, y tenían que hacer grandes preparativos. El Explorador del Amanecer quedó vacío y ocho caballos lo arrastraron a tierra sobre grandes olas. Los más expertos carpinteros de barcos lo revisaron entero hasta el último rincón. Luego lo echaron nuevamente al mar y lo aprovisio­naron con todos los víveres y el agua que podía contener, es decir, para veintiocho días. Aun así, como Edmundo lo hizo ver con desilusión, esto les permitiría navegar sólo quince días en dirección este antes de tener que abandonar su búsqueda.

Mientras se hacían estos preparativos, Caspian no perdió la oportunidad de interrogar a todos los capitanes navales de más edad que pudo encontrar en Cielo Angosto, para averiguar si sabían algo o habían oído algún rumor sobre la existencia de tierras hacia el este.

Sirvió muchas jarras con cerveza del castillo, a hombres de caras curtidas, de cortas barbas grises y claros ojos azules y, a cambio de esto, escuchó muchos cuentos increíbles. Pero los que parecían ser más veraces no sabían de tierras más allá de las Islas Desiertas, y muchos pensaban que si navegabas alejándote hacia el este, entrarías en los profun­dos oleajes de un mar sin tierras, que se arremolinan eternamente alrededor del borde del mundo.

-Y pienso que es allá donde se fueron a pique los amigos de su Majestad.

El resto sólo contaba extrañas historias sobre islas habitadas por hombres sin cabeza, islas flotantes, trombas marinas, y fuego que quema de un extremo a otro de las aguas. Sólo uno de ellos, para felicidad de Rípichip, dijo:

-Y tras todo aquello está el país de Aslan. Pero eso es más allá del fin del mundo, y ustedes no pueden llegar allá.

Mas, cuando le interrogaron, solamente pudo decir que se lo había escuchado a su padre.

Lo único que Bern podía decir era que había visto a sus seis compañeros navegar hacia el este, y que nunca más había vuelto a saber de ellos. Dijo esto cuando estaba con Caspian en el lugar más alto de Avra, que domina el mar oriental.

-A menudo he estado aquí por la mañana -dijo el Duque-, y he visto el sol saliendo por el mar. A veces parecía que estuviera un par de millas más allá, y he pensado en mis amigos y me he preguntado qué habrá verdaderamen­te tras el horizonte. Nada, probablemente, y, sin embargo, siempre me avergüenzo un poco de haberme quedado atrás. Pero quisiera que su Majestad no se fuera. Podríamos necesitar su ayuda aquí. El haber cerrado el mercado de esclavos puede significar un mundo nuevo. Temo una guerra con los calormanos. Mi Señor, piénsalo bien.

-Hice un juramento, señor Duque -dijo Caspian-. Y de todas formas ¿qué podría decirle a Rípichip?

De este capítulo rescato el hecho de que Caspian deshiciera la venta de esclavos con su gran discurso y el reencuentro con Lucy y Edmundo.  Cuando digo rescato lo digo porque este capítulo me pareció algo pesado, aburrido, en comparación de los dos primeros. Nos Veremos en el próximo capítulo...^^

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Megumi chan

Megumi chan escribió esta anotación hace 1 año. En ella habla sobre Narnia 3.

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